Cuando vio a Sofía, era evidente que Héctor solo tenía ojos para ella.
Aun así, Celeste percibió con facilidad el cambio en su estado de ánimo.
Desde pequeño, Héctor casi nunca había tenido que enfrentarse a algo que realmente no pudiera conseguir.
Ya fuera en cuestiones sentimentales o en cualquier otro aspecto, nunca había necesitado esforzarse demasiado por obtener lo que quería, mucho menos había sufrido por perder algo.
Pero esta vez, bastó con que Julieta no apareciera para que su ánimo cambiara de manera evidente.
Eso era suficiente para demostrar que de verdad le importaba.
Al pensar en ello, la expresión de Celeste se ensombreció todavía más.
Seguía sin entender qué tenía Julieta para que Héctor fuera incapaz de dejarla ir.
Por fortuna, Julieta ya había decidido marcharse.
Con el tiempo, tarde o temprano Héctor terminaría aceptándolo.
***
Dos días después, Julieta estaba por viajar a Sombrales cuando recibió una llamada de una iglesia de Monteluz con la que ya había tenido contacto.
Al día siguiente se celebraría una misa especial y el personal de la iglesia la invitó a asistir.
Poco después de regresar al país, Julieta se había puesto en contacto con esa iglesia y había donado doscientos mil dólares para pedirle al sacerdote que organizara un triduo de oración por Héctor.
En ese momento había proporcionado su nombre y fecha de nacimiento.
Mientras él seguía desaparecido, solo quería hacer al menos algo por él.
Al terminar las oraciones, también se habían comunicado con ella para decirle que no se preocupara demasiado y que seguirían rezando para que Héctor regresara sano y salvo.
Julieta había pensado rechazar la invitación, pero al recordar que Héctor ya había regresado con bien, al final decidió asistir para agradecerles personalmente.
Así que cambió su vuelo a Sombrales para la tarde del día siguiente.
Al terminar la misa, el sacerdote le regaló dos medallas bendecidas.
Julieta le dio las gracias y, cuando estaba por retirarse, se encontró de frente con dos personas.
No se detuvo y siguió caminando hacia la salida de la iglesia.
Apenas bajó los escalones, alguien la llamó desde atrás.
—Julieta.
Ella siguió caminando como si no hubiera escuchado.
Tomás permaneció en su sitio, observándola alejarse poco a poco.
La mano que tenía a un costado se fue cerrando lentamente.
Desde que descubrió que Bianca era en realidad Julieta, había tenido sentimientos muy contradictorios.
Jamás imaginó que terminaría enamorándose de una mujer a la que en otro tiempo había detestado profundamente.

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