En el departamento, después de lograr que Sofía se durmiera, Celeste salió de la recámara y vio que Héctor seguía sentado en la sala trabajando.
Se acercó para convencerlo de que descansara.
—Ya es tarde. Apenas te dieron de alta hoy. Deberías dormir temprano.
Héctor ni siquiera levantó la mirada.
—Estoy bien. Tú ve a dormir.
Celeste suspiró, se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—No me hagas preocuparme. Por muy importante que sea el trabajo, primero tienes que recuperarte bien.
Héctor guardó silencio un momento y de pronto volteó a verla.
—Durante este tiempo, ¿buscaste a Julieta?
Al encontrarse con su mirada profunda, Celeste sintió una inexplicable tensión en el pecho, aunque no dejó que se reflejara en su rostro.
—Después de todo lo que te pasó, ¿cómo iba a tener cabeza para ocuparme de ella?
Mientras hablaba, observaba atentamente la reacción de Héctor.
Parecía tranquilo, pero Julieta no se había comunicado con él ni una sola vez desde que despertó.
Celeste podía imaginar que eso debía molestarle.
Héctor siempre había sido orgulloso.
Si después de todo lo ocurrido finalmente lograba darse cuenta de cómo era Julieta en realidad, quizá sería lo mejor.
Celeste continuó:
—Si ni siquiera pensó en venir a verte, eso ya demuestra que tal vez no le importas tanto como crees. Hay muchas mujeres más adecuadas para ti. No tienes por qué seguir pensando en Julieta.
Héctor apartó la mirada y respondió con frialdad:
—Ve a descansar.
Celeste seguía preocupada por su salud, pero al darse cuenta de que no quería continuar con el tema, terminó diciendo:
—Entonces termina cuanto antes y vete a dormir temprano.
A la mañana siguiente, Héctor fue directamente a la empresa.
Cuando los altos directivos lo vieron regresar sano y salvo, la tensión que habían acumulado durante los últimos días finalmente disminuyó.
Sin embargo, Héctor parecía todavía más frío y distante que antes, al grado de que pocos se atrevían a acercarse demasiado.

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