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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 1064

—Tío Enzo —lo llamó Isa.

Enzo se acercó, aunque se detuvo a un par de pasos de distancia.

—Buenos días, pequeña Isa, te levantaste muy temprano.

—Sí —respondió Isa—, papá vendrá a recogernos a mamá y a mí.

Enzo miró a Esmeralda y le preguntó con curiosidad:

—¿Tienen planes?

—David le consiguió un tutor privado a Isa, vamos a conocerlo —le explicó ella.

Enzo asintió. Sabía perfectamente que David tenía la intención de formar a la pequeña para convertirla en su heredera, así que prefirió no indagar más.

Regresó a su habitación para bañarse y arreglarse.

Durante el desayuno, Esmeralda no vio a Álvaro; seguramente no había vuelto la noche anterior. Valentina lucía bastante contenta; mientras Álvaro y Abril se llevaran bien, ella estaba tranquila.

Manolo, por su parte, trataba de sacar información de forma indirecta, preguntándole a Enzo:

—Enzo, dime, ¿acaso tu padre está a punto de convertirse en abuelo?

Enzo miró a su padre y respondió con calma:

—Para eso, papá, tendrías que preguntarle a Álvaro.

—Entonces dime cuántos nietos y nietas crees que llegaré a tener —insistió Manolo.

Enzo apretó los labios, entendiendo a la perfección las indirectas de su padre.

Valentina le lanzó una mirada fulminante a su marido.

—Ocúpate de tu propio hijo antes de andar preguntando eso.

Manolo rio entre dientes.

—Tengo que saberlo para prepararles una buena cantidad de regalos en efectivo.

Alrededor de las nueve y media.

David llegó conduciendo a la Mansión de la Garza. Abrió la puerta y bajó del auto; llevaba una camisa azul marino con escote en V de textura satinada y un diseño muy elegante, con una pequeña cinta cayendo sobre un hombro.

Lo acompañaba un pantalón negro de corte recto, el cabello corto peinado de lado, luciendo un estilo fresco e impecable. Sus rasgos marcados y su mirada profunda le daban un aire de nobleza y relajación que contrastaba totalmente con su forma habitual de vestir.

—¡Papá!

David se acercó, y Enzo, de pie junto a Esmeralda, no pudo evitar fruncir el ceño al detallar su atuendo, preguntándose para quién diablos se había arreglado tanto.

—Ji, ji, ji. Papá se ve muy guapo hoy.

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