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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 21

Esmeralda se quedó parada detrás de él. Álvaro conocía su identidad, pero no mostró una repulsión evidente como Andrés; de hecho, se comportó como todo un caballero educado.

Salieron del elevador.

El celular vibró.

Era una llamada de Álvaro.

Esmeralda contestó: —Acabo de salir del elevador.

Colgó.

Para cuando cruzó los torniquetes de salida, aquel hombre ya se había alejado. Entonces vio a Álvaro.

Álvaro se acercó rápidamente para sostenerla.

Salieron del edificio corporativo.

El carro de ella estaba estacionado afuera. Álvaro tomó su maleta, la metió en su propio vehículo y la llevó a casa.

Cuando llegaron, ya eran las doce y media.

Esmeralda se aseó brevemente y se acostó a descansar.

***

Pasaron tres días.

Esmeralda se quedó en casa de su familia. Nadie de la mansión Montes la contactó; al fin y al cabo, a nadie le importaba dónde viviera.

Esos días, el traspaso de sus pendientes laborales se completó sin problemas.

Valentina se levantaba temprano todos los días para prepararle el desayuno.

El semblante y el estado de ánimo de Esmeralda mejoraron notablemente.

El daño que había recibido de Marisa y David se estaba curando lentamente gracias a la compañía de su familia.

Sábado.

Valentina acompañó a Esmeralda a un estudio de yoga en el centro de la ciudad.

Era un lugar que Esmeralda había checado en internet. Aunque la tarifa era costosa, las instalaciones, el equipo y las credenciales de los instructores eran de primera, con entrenamiento profesional uno a uno enfocado en mujeres embarazadas.

Valentina la esperó afuera.

Esmeralda había estudiado danza desde niña, por lo que su flexibilidad no era mala.

Al terminar las dos horas de clase, Esmeralda estaba empapada en sudor, pero, no sabía si era su imaginación, sentía el cuerpo mucho más ligero y el ánimo renovado.

Se bañó en el vestidor del estudio y, al salir ya cambiada, escuchó una voz familiar.

—Clara, de verdad no dejas nada para las demás. Tienes un cuerpazo y aparte te esfuerzas tanto; con razón el frío de David Montes cayó rendido a tus pies. Con esas curvas, seguro traes a tu David bien atontado todas las noches.

—¿Qué cosas dices? Bájale, hay gente aquí.

—Uy, te pusiste roja, le atiné. Anda, cuéntanos, ¿David lo tiene grande? ¿Es bueno en la cama? ¿Cuántas veces lo hacen en una noche?

—¡Pues obvio! Seguro es de los que aguantan mínimo siete veces por noche.

—¡Ay, ya, cállense!

Varias mujeres entraron riendo al vestidor.

Justo se toparon de frente con Esmeralda, que iba saliendo.

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