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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 233

—Tú... —A Esmeralda le faltó el aire—. ¿Qué es lo que quieres exactamente?

David se dio la vuelta y avanzó a zancadas hasta quedar frente a ella.

Antes de que Esmeralda pudiera reaccionar, sintió un tirón brutal en la muñeca.

—¡Pero qué te pasa...!

El hombre la arrojó directamente al sofá. Acto seguido, su presencia aterradora la envolvió por completo, erizándole la piel y haciendo temblar cada célula de su cuerpo.

Ella abrió los ojos con pánico, mirando al hombre que se cernía sobre ella. Él le sujetó la mandíbula, obligándola a levantar la cara y mirarlo.

El rostro de David parecía cubierto de escarcha.

—¿Que con qué derecho? —soltó una risa burlona—. Con el derecho de que te metiste con quien no debías.

Esmeralda, con los nervios a flor de piel, lo miró con cautela.

—¿Y ahora con quién te quieres ir? —preguntó él, con un tono cargado de sarcasmo.

El pecho de Esmeralda subía y bajaba con violencia. Entendió el insulto en sus palabras y, furiosa, levantó la mano, pero él la inmovilizó contra el respaldo del sofá con una facilidad insultante.

—Esmeralda, ¿no creerás que de verdad tengo paciencia?

Incapaz de liberarse, ella lo fulminó con la mirada.

—David, eres un patán.

David la miró fijamente, su voz grave y dominante.

—Esmeralda, te lo advierto. Nadie tocará ni un milímetro de lo que pertenece a Isa. Si alguien lo intenta, me aseguraré de que desaparezca de la faz de la tierra para siempre.

El tono destilaba un peligro tan denso que a Esmeralda le costó respirar.

Sus miradas se cruzaron. Hubo un breve silencio en el que el aire alrededor pareció volverse pesado.

Esmeralda lo miró y, al reaccionar, soltó una risa repentina, llena de burla.

—David, ¿de verdad amas a Isa? ¿Sabes siquiera cómo amarla?

David la observó sin decir nada.

—Si la amaras, ¿por qué te andas besuqueando con Clara delante de ella? Quieres que Isa la acepte, ¿verdad? Por desgracia, Isa sabe distinguir quién la trata bien y quién es pura hipocresía. A ella no le gusta esa gente falsa como Clara, que solo finge por encimita.

—Hasta una niña se da cuenta, pero tú no lo ves. ¿Con qué derecho dices que amas a Isa? Tu amor es igual de egoísta que tú.

David entrecerró los ojos y apretó con más fuerza la muñeca de la mujer.

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