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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 29

El corazón de Esmeralda dio un vuelco incontrolable.

Rápidamente bajó la vista, desviando la mirada hacia la caja de terciopelo en sus manos.

Pronto David la echaría de la casa.

Si Doña Antonella decía esas cosas ahora, ¿sería que aún no sabía que David planeaba divorciarse?

Probablemente David no se lo había dicho a la familia, pero ya no importaba.

Doña Antonella charlaba con David y ocasionalmente le preguntaba algo a Esmeralda. Esmeralda notó claramente el cambio de actitud, que al final se debía a que llevaba en su vientre a la única niña de la familia Montes.

—Mira cómo te crece la panza día con día. No es cómodo ir a trabajar, mejor quédate en casa a reposar y ya no vayas a la oficina.

Doña Antonella sabía que Esmeralda aún trabajaba en la empresa de David.

Esmeralda asintió y respondió:

—Lo sé, abuela.

Cena.

Solo estaban Don Óscar, Doña Antonella, David y Esmeralda.

Esmeralda no se sentó junto a David, sino enfrente de él.

Doña Antonella observó y pareció darse cuenta de algo.

Antes, en la mansión, los gestos de Esmeralda hacia David tenían un tono de súplica humilde; esa apariencia cautelosa y tímida destilaba una actitud de clase baja que no parecía digna de David.

En el fondo, la señora sentía algo de culpa.

Pero el embarazo de Esmeralda y su presencia habían hecho que la salud del viejo mejorara.

Ese bebé era la niña tan esperada por la familia Montes, un verdadero milagro.

Había cosas en las que uno tenía que creer.

Ahora, viendo la actitud de Esmeralda, parecía que había renunciado a complacer a David.

Don Óscar hablaba con David sobre asuntos de la empresa familiar.

Doña Antonella le hacía plática a Esmeralda.

Esmeralda respondía.

El ambiente era armonioso.

Fue, de hecho, la cena más tranquila que Esmeralda había tenido en la Mansión Montes.

Después de cenar.

Esmeralda mantenía las manos sobre su vientre, sentada junto a la puerta, lejos del hombre. Miraba en silencio el paisaje nocturno que pasaba por la ventana.

David estaba en una llamada de trabajo. Tras veinte minutos de conversación seria, entró otra llamada.

Él contestó.

—¡Clara!

El tono del hombre ya no era serio como en la llamada anterior, sino extraordinariamente suave.

Al escuchar ese nombre, Esmeralda sintió un estrujón en el corazón, seguido de un dolor punzante y constante.

Esmeralda no podía escuchar lo que Clara decía al otro lado, pero por las respuestas de David dedujo que Clara se estaba quejando de su hermano.

Parecía que Clara quería irse a vivir con David.

Pero su hermano no estaba de acuerdo.

¿Entonces no vivían juntos?

¿David vivía solo?

Al pensar en esa posibilidad, Esmeralda no supo si alegrarse o sentirse mal, pero admitió que saber que no cohabitaban le provocó cierto alivio en el fondo.

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