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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 7

Esmeralda estaba tensa. En el fondo le tenía miedo a David, un temor a su autoridad, especialmente cuando estaba de malas. No se atrevía a replicar.

Pero se obligó a mantener la calma. Total, ya se iban a divorciar y le daría gusto no volviendo a pisar ese lugar. Ya no esperaba nada de él, así que ¿qué tenía que perder?

—¿Te sientes muy ofendida? —la voz del hombre era hiriente y sarcástica.

Esmeralda sostuvo su mirada fría, clavándose las uñas en las palmas. Alzó un poco la voz:

—¿Ofendida? Señor Montes, me cuestiona sin saber los hechos, ¿no debería sentirme ofendida?

La cara de David se congeló por completo.

—Si te sientes ofendida, es porque te lo buscaste.

Esmeralda sintió un dolor agudo en el corazón y palideció.

En ese momento, se abrió la puerta de la sala de descanso.

Una chica salió vestida con un camisón de seda rosa de tirantes. Tenía el cabello negro y largo, la piel luminosa y unas facciones tan finas que era imposible dejar de mirarla.

—¡David!

La voz de la chica era suave y dulce como una caricia.

Esmeralda por fin le vio bien la cara; en verdad era tan hermosa que la hacía sentir miserable.

Apenas la miró, escuchó el grito del hombre:

—¡Lárgate!

Esmeralda apartó la vista y, reprimiendo sus emociones, se dio la vuelta para salir.

Justo al salir, escuchó la voz suave de la chica calmando al hombre, quien se tranquilizó rápidamente.

Esmeralda levantó la cabeza para retener las lágrimas.

Fue a un rincón de las escaleras, se apoyó en el barandal y, al fin, se rompió. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y el dolor en el pecho le revolvió el estómago.

Arrancarse del corazón a un hombre que había amado por ocho años era como quitarse la carne de los huesos, pero no importaba, todo estaría bien. Lo olvidaría por completo.

No supo cuánto tiempo pasó.

Cuando se calmó y regresaba a su lugar, se encontró de frente con la chica. Iba vestida con ropa de marca, impecable de pies a cabeza; se notaba que era una niña rica y mimada.

Jaime, el asistente personal de David, la escoltaba.

Esmeralda se quedó parada mirando la perla australiana de un tono azul plateado en su mano. Era impecable, pura como aquella chica.

Solo se preguntaba si la señorita Santana sabría que David estaba casado.

De vuelta en su escritorio, imprimió de nuevo el archivo original y se lo puso a Lucía en frente. Lucía no mostró ni pizca de vergüenza; al contrario, se veía engreída.

—¿Viste bien? Ya sabes qué tipo de mujer merece el presidente. Una trepadora como tú jamás logrará que el señor Montes la voltee a ver.

Esmeralda azotó los papeles frente a ella.

—¿Y qué? Si yo no lo merezco, ¿tú sí? Además, tú fuiste quien alteró los datos de mi reporte, ¿verdad?

La cara de Lucía cambió.

Esmeralda no le dio tregua:

—Hasta para perjudicar a la gente eres tan obvia que cualquiera se da cuenta. Con esa estupidez, ¿de verdad crees que David se fijaría en ti?

—Lucía, seré directa. Mujeres envidiosas como tú sobran. Quizás en tu mundo una mujer necesita colgarse de un hombre para vivir, necesita que la protejan y le den limosna. Lo siento, pero yo no pienso así. Como mujer, no necesito a un hombre para probar mi valor. No me interesa pelear por un hombre con nadie. Y mucho menos necesito que un hombre me diga cómo debo «comportarme».

—Ah, y hace rato me dijiste que me mirara en un espejo. Pero, querida, ya tienes treinta y cinco años y que yo recuerde sigues soltera, ¿no? A lo mejor necesitas graduarte la vista; parece que no alcanzas a ver lo «guapa» que eres... tan «guapa» que ningún hombre se te acerca.

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