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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 8

Al escuchar las palabras de Esmeralda, Lucía golpeó la mesa furiosa y se puso de pie.

—¡Esmeralda! ¡Cállate! ¡Cállate!

Esmeralda soltó una risa burlona, la ignoró y se dio la media vuelta.

***

De regreso en su lugar, sacó un espejito y se miró el rasguño en la mejilla. No era profundo; se limpió con una toallita húmeda y listo. En esa cara, una cicatriz más daba igual.

Recordó la cara de la joven de hace un rato; le resultaba extrañamente familiar.

Cerca de la hora de salida, recibió una llamada de su padre, Manolo de la Garza. Álvaro había vuelto y quería que fuera a cenar.

—¿Álvaro ya regresó? ¿No dijo que volvía el día quince? —preguntó sorprendida.

—Terminó el trabajo y se regresó antes —dijo Manolo.

—Va, saliendo me voy para allá.

Esmeralda condujo a casa.

La familia De la Garza vivía en un conjunto residencial al oeste de la ciudad. Era un departamento antiguo que habían comprado ese año.

Manolo tenía una inmobiliaria mediana. No eran millonarios, pero vivían bien, así que Esmeralda creció sin carencias.

Sin embargo, el negocio inmobiliario se vino abajo. Hace más de medio año, la empresa estuvo al borde de la quiebra por una mala inversión. Cuando Manolo supo que ella esperaba un hijo de David, no la obligó a ir a reclamar nada.

Pero al ver a su padre envejecer y sufrir, vendiendo todo para pagar deudas, Esmeralda decidió acudir a los Montes. Tenía sus propios motivos, no solo por su padre, sino por ella misma.

Consiguió lo que quería y la familia De la Garza liquidó sus deudas gracias al apoyo de los Montes, pero ella pagó el precio.

Todo el sufrimiento actual era consecuencia de sus propias decisiones; no podía culpar a nadie.

Al llegar al departamento, Valentina Santillán salió de la cocina.

—¡Esme! Llegaste.

Cuando Esmeralda tenía nueve años, sus padres se divorciaron. Su madre se llevó a su hermano y la dejó a ella.

Poco después, su padre conoció a una mujer hermosa, Valentina.

Se conocieron, se enamoraron y, aunque no se casaron como con su madre, empezaron a vivir juntos.

Al principio, Esmeralda odiaba a esa mujer que invadió su vida. Cada que Manolo la presentaba como su novia, Esmeralda azotaba la puerta de su cuarto para demostrar su descontento.

Para ella, todo lo que hacía Valentina estaba mal; hasta su respiración le molestaba.

Pero Valentina tenía una paciencia infinita. Nunca discutía; era como una corriente suave que llenaba la casa en silencio.

Se sentó en la orilla de la cama y tomó el álbum de fotos de la mesita de noche. La primera foto era un retrato familiar incompleto.

La foto era vieja.

Ella tenía ocho años.

Su padre, joven y apuesto, la cargaba. A su lado estaba su hermano de catorce años, y al otro lado, su madre.

La imagen de su madre había sido arrancada por ella misma.

No entendía por qué su madre los había abandonado a ella y a su papá llevándose a su hermano.

Pero el tiempo había pasado y ese dolor de abandono ya no existía.

Pasó a la siguiente página.

Había una foto de una chica adolescente, hermosa, con vestido blanco y un sombrerito tejido, parada bajo un árbol de huizache dorado. El sol iluminaba su sonrisa radiante.

Cabello negro, cara ovalada, facciones alegres, hermosa como la luna. Sus ojos brillaban como estrellas.

Luego se enfermó, tomó hormonas y su cuerpo engordó. Por más dieta que hacía, no bajaba; solo evitaba subir más matándose de hambre y haciendo ejercicio.

De pronto, Esmeralda pensó en la chica de hoy. Se parecía un poco a la de la foto, sobre todo en los ojos.

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