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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 780

—Primero hay que estabilizar su estado antes de proceder con un tratamiento profundo —dijo David. Luego miró a Enzo, que guardaba silencio, y le preguntó—: ¿Tú qué opinas?

—Dejémoslo así por ahora —respondió Enzo.

Esmeralda ya se había quedado profundamente dormida. En la habitación, una luz de tono cálido bastaba para iluminar el espacio entero. Isa estaba acurrucada junto a su mamá; la mujer y la niña descansaban plácidamente en la cama.

Enzo entró en la habitación de Esmeralda para verla.

Pero no se quedó mucho tiempo. Al salir, miró a David, que estaba de pie en la puerta, y preguntó:

—¿Vas a dormir aquí esta noche?

—Su sueño es inestable durante la noche, alguien tiene que vigilarla —respondió David.

Enzo frunció el ceño y declaró:

—Esta noche dormiré en la habitación de al lado.

—Como quieras —le restó importancia David.

Enzo regresó a su habitación y recibió otra llamada de Inés Catalán. Ella ya le había marcado varias veces durante el día, pero él no había contestado.

Esta vez.

Sí contestó.

Al aceptar la llamada, no pronunció palabra. Desde el otro lado se escuchó la voz de Inés, sin reclamos ni enojo, más bien tranquila y agotada:

—Enzo, ese día actué por impulso y dije cosas que no debía. Si hay algún problema, podemos resolverlo como madre e hijo. Escuché que Esme está enferma. ¿Cómo se encuentra ahora?

Inés había bajado la guardia.

Sin embargo, el tono de Enzo fue extremadamente frío:

—No hay nada que resolver. Es un milagro que todavía te atrevas a preocuparte por la salud de Esme.

Inés apretó su celular con fuerza. Quiso decir algo, pero entonces escuchó unas palabras aún más despiadadas de parte de Enzo.

—No tienes que fingir que extrañas a Esme. Desde el momento en que la abandonaste, dejaste de ser su madre. Y, a partir de ahora, puedes hacer de cuenta que tampoco tienes a este hijo.

Inés palideció.

—Enzo...

Enzo colgó el teléfono de inmediato.

Al escuchar el tono de ocupado, Inés se dejó caer en el sofá, completamente abatida.

—Mamá.

Se escuchó la voz de Clara Santana.

Inés levantó la mirada hacia ella.

Clara miró a su madre y de pronto se arrojó a sus brazos, lamentándose:

—Mamá, ¿acaso Enzo ya nunca me va a querer?

Inés acarició la cabeza de Clara, sin saber qué decirle por un momento para consolarla.

Clara, de repente, empezó a alterarse:

—¡Él solo me usó como herramienta! Antes me trataba bien nada más para fingir ser un buen hijo frente a papá, pero ahora que ya sacó provecho...

Inés se apresuró a detenerla:

—Basta, Clara. No puedes decir esas cosas, y menos delante de él.

Pero Clara se alteró aún más:

—Él no es mi hermano, ahora es el hermano de Esmeralda. En su corazón solo existe ella, a mí no me toma en cuenta. Además, nos tiene encerradas y no nos deja salir. Ahora solo sabe proteger a otros. ¡Ese viejo decrépito, mejor que se muera!

—¡Clara! —Inés le tapó la boca con la mano—. Clara, cállate ahora mismo.

Ese lugar estaba lleno de hombres de Enzo.

Clara dio media vuelta y salió corriendo a su habitación.

—Profesor, me siento muy mal. No... no te vayas. No quiero estar sola...

De pronto, Esmeralda se soltó de la mano del hombre y lo agarró con fuerza.

David clavó la vista en aquella mano pálida y temblorosa que lo apresaba. Sus dedos se apretaban cada vez más, como si de verdad aterrara la idea de ser abandonada.

Él levantó lentamente la mirada hacia ella. No había despertado, solo estaba sumida en su pesadilla. David extendió la mano y le secó con suavidad las lágrimas que corrían por su mejilla.

No la despertó. Se recostó lentamente a su lado y la envolvió en sus brazos, sosteniendo su cuerpo tembloroso para darle seguridad.

De repente.

Esmeralda abrió los ojos de golpe y despertó sobresaltada.

Entonces escuchó sobre su cabeza la voz profunda y grave del hombre:

—Ya pasó, todo está bien.

Esta vez.

Esmeralda no se alteró descontroladamente como en las noches anteriores, simplemente mantuvo el cuerpo rígido.

David se levantó, cargó a Esmeralda y la llevó a la habitación de invitados. Encendió todas las luces, puso música relajante y se sentó en el sofá, manteniéndola en sus brazos.

Esmeralda se apoyó en el pecho de él sin moverse.

No supo cuánto tiempo pasó.

Su cuerpo tenso comenzó a relajarse poco a poco.

—Ve a descansar, estoy bien —murmuró Esmeralda.

David bajó la mirada hacia ella y preguntó:

—¿No puedes dormir?

—Mhm —asintió Esmeralda—. Me quedaré sola un rato.

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