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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 815

¡Ding!

Las puertas del ascensor se abrieron.

Apenas Jaime dio un paso afuera, su celular recibió un mensaje de texto. Lo sacó del bolsillo para revisar: era una foto enviada por Clara Santana.

Él siempre había conservado el contacto de Clara en su teléfono.

Como ahora ella no podía comunicarse con David Montes, su única opción era enviarle las fotos a Jaime.

Al abrir la imagen y ver claramente quiénes aparecían en ella, una expresión de absoluto desprecio cruzó por los ojos de Jaime. Efectivamente, esa mujer no valía nada.

Mientras disfrutaba de lo bien que el jefe la trataba, al mismo tiempo coqueteaba con Gabriel Loyola. Incluso estando enferma tenía energía para jugar a dos bandos. Realmente no podía vivir sin la atención de los hombres; ninguna mujer común podría igualar su nivel de manipulación y astucia.

El propósito de Clara al enviarle la foto era más que obvio.

Por supuesto, no le respondió.

Al fin y al cabo, ya no existía ningún vínculo entre el señor Montes y ella.

Guardó su celular y entró a la oficina principal.

Dispuso el almuerzo sobre la mesa, pero no se retiró de inmediato.

David seguía con la mirada clavada en sus documentos. Levantó la vista hacia Jaime, que permanecía de pie frente a él.

—¿Ocurre algo más?

Jaime sacó su celular, abrió la foto en la galería y se la mostró.

—Señor Montes, mire esto.

En el fondo, esperaba que su jefe por fin abriera los ojos con respecto a Esmeralda.

Últimamente, por culpa de ella, la agenda del señor Montes había sido un completo desastre.

David tomó el dispositivo. En el instante en que sus ojos oscuros vieron la fotografía, su expresión se hundió en las sombras.

—¿De dónde sacaste esta foto?

Al cruzar miradas con el jefe, a Jaime le dio un vuelco el corazón. Sin atreverse a ocultar la verdad, bajó la vista.

—Fue... la señorita Santana.

David le arrojó el celular de vuelta, con una voz cargada de hielo.

—Jaime, tú sabes muy bien cuáles son tus funciones y qué cosas no te corresponden.

Jaime no se atrevió a replicar y asintió de inmediato.

—Lo sé, señor.

—¡Fuera! —ordenó con voz escalofriante.

Jaime recogió su teléfono a toda prisa y salió de la oficina.

David se recostó en su silla, con un semblante ilegible.

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