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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 877

—No, es Isa. No se sintió bien y la están tratando en un hospital en Valdemar —respondió Esmeralda.

—¿Es muy grave? —preguntó Gabriel.

Esmeralda negó lentamente con la cabeza.

—La tienen bajo observación, pero no parece ser nada grave.

Gabriel, al notar lo angustiada que estaba, sugirió:

—Entonces ve a Valdemar a verla. Deja que Paula se encargue de las cosas aquí.

Esmeralda lo miró, lo pensó un instante y aceptó.

—De acuerdo.

Compró de inmediato un boleto para el vuelo más próximo a Valdemar, que salía a las tres de la tarde.

—Ve con cuidado. Envíame un mensaje en cuanto llegues.

—Lo haré.

Esmeralda subió al auto.

Dylan Molina la llevó al aeropuerto.

Después de que se fue, Gabriel le avisó a Enzo.

—Entendido, gracias por avisar —respondió él.

Hasta ese momento, Enzo tampoco había podido comunicarse con David. Solo al llamar a su asistente se enteró de que venía en un vuelo de regreso al país.

Esmeralda llegó al hospital en Valdemar a las seis de la tarde.

Gabriel ya se había puesto en contacto con alguien del hospital para ayudarla a ubicar a la niña; sabía que si ella iba sola, probablemente no la dejarían verla.

Tomó el elevador exclusivo para pacientes y subió al octavo piso. Sin embargo, no fue directo a la habitación; primero pasó a la oficina del médico a cargo para informarse sobre la salud de su hija.

Una vez que se enteró de la situación, agradeció al médico, salió de la oficina y se dirigió hacia la habitación de Isa.

Justo entonces, la puerta de la habitación 803 se abrió y una mujer vestida con un traje sastre salió. Al ver a Esmeralda, la reconoció de inmediato.

Se acercó y le cortó el paso, extendiendo el brazo.

—Señora de la Garza.

Esmeralda levantó la mirada y la observó. Era obvio que se trataba de la asistente personal de Marisa Guzmán.

—La señora está adentro haciéndole compañía a la señorita Isabella. Le pido de favor que no interrumpa su descanso —dijo la mujer, con un tono lleno de arrogancia.

Esmeralda apartó la mirada con frialdad y, sin hacerle caso, intentó seguir caminando. Pero la mujer no cedió ni un milímetro, endureciendo aún más su actitud.

—¡Señora de la Garza, le pido que se retire!

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