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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 963

El ambiente silencioso se sentía como si hubiera una cuerda sumamente tensa extendida entre ambos.

Justo cuando iba a bajar el celular para cortar la llamada, escuchó la voz profunda del hombre, que parecía estar envuelta en una capa de escarcha: —¿No tienes nada que decirme?

Volver a escuchar la voz del hombre después de más de un mes hacía que toda su gentileza pasada se sintiera como si solo hubiera sido una nube de humo que ya se había disipado.

Tras un largo silencio.

Esmeralda respiró hondo y dijo: —Mientras ahora estés bien, es suficiente.

Al escuchar el tono inexpresivo y monótono de la mujer, el hombre soltó de repente una risa corta; una risa sarcástica que exudaba hostilidad y frialdad: —Parece que estás muy decepcionada.

Las puntas de los dedos de Esmeralda palidecieron de tanto apretar el celular. Se mordió el labio inferior con fuerza para no dejar escapar ningún sonido indebido.

Pasó un largo rato.

Al no escuchar ninguna respuesta por parte de la mujer, el rostro de David se volvió aún más oscuro: —¿Así que no vas a hablar?

Esmeralda se esforzó por reprimir las emociones que se agitaban en su pecho: —No tengo nada que decirte.

Dicho esto.

Colgó el teléfono directamente. La mano con la que sostenía el dispositivo cayó débilmente, y ella sintió de pronto un vacío, como si toda su fuerza se hubiera agotado.

Se quedó apoyada en el sofá, con la mirada perdida en la noche que afuera era tan oscura como la tinta.

En el otro extremo.

David bajó la mano, su rostro estaba aún más lúgubre que antes.

*

Hasta que la empleada se acercó a avisarle a Esmeralda que la cena estaba lista. Al ver su rostro pálido, le preguntó con preocupación: —Señora de la Garza, ¿se siente mal de algo? ¿Quiere ir al hospital?

Esmeralda volvió en sí, recomponiendo sus emociones, y respondió: —No tengo nada.

Se levantó, fue al baño a lavarse la cara para despertarse un poco y luego fue al comedor a cenar. Sin embargo, apenas había comido unos bocados cuando empezaron las náuseas del embarazo.

Al final, solo tomó un plato de avena ligera, se tomó unas vitaminas y luego regresó a su habitación para descansar en la cama.

Gabriel colocó los suplementos nutricionales que llevaba en la bolsa sobre la mesita de centro. La miró y dijo con una sonrisa cálida: —Espero no haberte asustado.

Esmeralda sonrió y respondió: —Por supuesto que no.

La mirada de Gabriel se posó en Naranjito: —¿Desde cuándo tienes gatos?

Esmeralda se sentó en el sofá y le explicó: —Llovió hace un par de días y los encontré en la jardinera de la calle, son callejeros.

Gabriel los llamó, y los dos chiquitines corrieron hacia él de inmediato: —Son muy lindos. ¿Ya los llevaste a revisar y los vacunaste?

—Sí, los revisaron y ya tienen sus vacunas. Están perfectos —dijo Esmeralda.

—Me alegra escuchar eso —Gabriel tomó una varita de juguete para gatos que estaba cerca y se puso a jugar con los dos chiquitines, quienes se peleaban por atrapar el juguete—. Es bueno que tengas a dos gatitos acompañándote. ¿Ya les pusiste nombres?

—Se llaman Naranjito y Manchitas —dijo Esmeralda.

—Vaya, esos nombres no tienen mucho esfuerzo detrás —comentó Gabriel.

Esmeralda soltó una pequeña risa: —Son fáciles de recordar.

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