Adela bajó la mirada, sintiendo el peso de cada palabra en su garganta. Sus dedos se entrelazaron nerviosamente sobre la sábana blanca del hospital mientras el aroma antiséptico flotaba en el aire, recordándole su vulnerabilidad actual.
—Está bien, haré lo que tú digas —musitó con voz suave, casi sumisa, mientras sus ojos calculadores permanecían fijos en un punto invisible de la sábana.
En su mente, los engranajes no dejaban de girar. Sabía que Raymundo aún no confiaba completamente en ella; lo notaba en la forma en que medía cada palabra, en cómo sus ojos la escrutaban buscando señales de engaño. Como una serpiente estudiando a su presa, él siempre se mantenía reservado, guardando sus secretos tras una máscara de falsa preocupación.
Los dedos de Adela se crisparon imperceptiblemente sobre la tela. Aunque conocía los sucesos de su vida pasada —cómo Laurent había sido condenado y envenenado en la cárcel—, una inquietud persistente le susurraba que había algo más oscuro detrás de todo eso. Sus labios se tensaron levemente mientras analizaba cada pieza del rompecabezas.
"Solamente con algunos documentos secretos y la fuerza de Raymundo y Viviana no sería suficiente para llevar a Laurent a la muerte", reflexionó, mientras su rostro mantenía una expresión de aparente resignación. "Definitivamente, hay una fuerza poderosa detrás de todo esto".
En ese momento, Sergio, quien permanecía inmóvil fuera de la habitación del hospital como una sombra silenciosa, escuchaba atentamente la conversación entre Raymundo y Adela. Sus dedos se deslizaron con rapidez sobre la pantalla de su celular, asegurándose de grabar cada palabra.
No pudo evitar que una risa fría y calculadora escapara de sus labios. Como siempre, detrás de lo anormal había algo oculto. Sus años de experiencia le decían que Adela no podría quedarse quieta, que tenía otros planes bullendo bajo esa superficie de aparente sumisión.
"Parece que tendré que asegurarme de que Laurent se divorcie de esa mujer lo antes posible", pensó, mientras guardaba el celular en el bolsillo de su impecable traje negro.
...
El sol de la tarde bañaba el estacionamiento del hospital cuando Viviana, reclinada en el asiento de su lujoso automóvil, divisó a Raymundo saliendo del edificio. Sus dedos, perfectamente manicurados, tocaron dos veces el claxon en una señal que solo ellos conocían.
Raymundo, cual depredador cauteloso, escaneó los alrededores con ojos alertas. Tras asegurarse de que no había rostros conocidos cerca, caminó con paso decidido hacia el vehículo de Viviana, manteniendo una fachada de casual despreocupación que no llegaba a sus ojos.
Apenas cerró la puerta del copiloto, se abalanzó sobre Viviana. Sus brazos la envolvieron con una pasión que rayaba en la desesperación mientras sus labios buscaban los de ella con hambre contenida.
—No seas así de informal —lo regañó Viviana con voz juguetona, empujándolo suavemente. Sus ojos brillaban con malicia mientras fingía indignación.
—Vivi, te he extrañado mucho —susurró Raymundo. Sus manos inquietas recorrían la espalda baja de ella, sus ojos oscurecidos por el deseo—. Adela es tan insípida, como un maldito plástico. Tú sí que tienes sabor.
Viviana rodeó su cuello con los brazos en un gesto que había perfeccionado con el tiempo, depositando un beso calculado en su mejilla.
—Entonces, ¿a quién prefieres, a Adela o a mí? —preguntó con voz melosa, mientras sus dedos jugaban con el cabello de la nuca de Raymundo.
Una sonrisa ladina se dibujó en el rostro de él mientras le tocaba la nariz con el dedo índice.
—Eso ni se pregunta, por supuesto que a ti —respondió con fingido cariño, aunque sus ojos permanecían alertas, evaluando cada reacción de ella.


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