Manuel Vélez y Minerva Galván irrumpieron en el hospital con el corazón desbocado, sus pasos resonando por los pasillos asépticos mientras corrían hacia la habitación donde su hija luchaba por su vida. El olor a desinfectante y el zumbido distante de las máquinas médicas solo intensificaban su angustia.
Al cruzar el umbral de la habitación, la imagen de Adela los golpeó como un puñetazo en el estómago. Su hija yacía en la cama de hospital, su rostro normalmente lleno de vida ahora pálido como la sábana que la cubría. Las luces fluorescentes realzaban las ojeras bajo sus ojos, haciéndola parecer más frágil de lo que jamás la habían visto.
Minerva sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus labios temblaron, incapaces de formar palabras, mientras las lágrimas comenzaban a nublar su visión. Sus dedos se aferraron al marco de la puerta, buscando apoyo.
—¿Por qué, mi niña? —la voz de Manuel se quebró, cargada de un dolor que amenazaba con ahogarlo—. Tienes toda una vida por delante... ¿cómo pudiste pensar en...? —se detuvo, incapaz de pronunciar la palabra "suicidio"—. ¿Qué hubiéramos hecho tu madre y yo si te perdemos?
Adela los observó, su corazón latiendo dolorosamente contra su pecho. Verlos allí, de pie y vivos, desencadenó una avalancha de recuerdos y emociones. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras su mente viajaba a su vida anterior, donde el engaño de Raymundo y Viviana había destruido todo.
En esa otra vida, la relación con sus padres se había deteriorado por completo. Forzada a un matrimonio que no deseaba, sus últimas interacciones habían estado llenas de amargura y resentimiento. Y luego, en aquella noche fatídica, mientras viajaban al norte por negocios, la lluvia había sido cómplice de un plan macabro. Lo que pareció un trágico accidente automovilístico resultó ser un elaborado esquema de Raymundo y Viviana para apoderarse del imperio Vélez.
Manuel se acercó a la cama, sus pasos pesados por el cansancio y la preocupación. Sus ojos, normalmente firmes, ahora mostraban una vulnerabilidad que Adela raramente había visto.
—Pase lo que pase —susurró, su voz suavizándose—, siempre puedes hablar con nosotros. No te cierres, mi niña, y por favor... —su voz se quebró ligeramente—, no hagas nada que te lastime.
Adela bajó la mirada, la vergüenza y el remordimiento pesando sobre sus hombros. Sus dedos juguetearon nerviosamente con el borde de la sábana mientras las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas.
Minerva se acercó con pasos suaves, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper a su hija. Con infinita ternura, tomó la mano vendada de Adela, sus dedos trazando suavemente el contorno del vendaje.
—¿Te duele mucho, mi amor? —preguntó, su voz apenas un susurro.
El cuidado en la voz de su madre fue como una llave que abrió las compuertas de las emociones de Adela. Las lágrimas, hasta entonces contenidas, se desbordaron sin control.
—Lo siento mucho, papá, mamá —su voz se quebró, temblando con cada palabra.
Minerva, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas, acarició el cabello de su hija con la delicadeza que solo una madre puede tener.
—Está bien, mi niña —susurró, su voz suave como una caricia—. No estamos enojados contigo. Pero necesito que me prometas algo —sus ojos buscaron los de Adela con intensidad—. Prométeme que nunca más volverás a hacer algo así, ¿entendido?
Adela asintió entre sollozos y se lanzó a los brazos de su madre, enterrando el rostro en su pecho como cuando era pequeña.
—Mamá... me equivoqué tanto... ahora lo entiendo —sus palabras salían entrecortadas entre sollozos.

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