Isabella, armada con el plan de Alejandro y una tarjeta de crédito sin límite, se movió con la rapidez y la precisión de un depredador. Sabía que la clave para una campaña de desprestigio exitosa no era un ataque frontal, sino una infiltración sutil, un veneno que se administrara gota a gota hasta que la víctima estuviera demasiado débil para defenderse. Y su primera gota de veneno tenía un destinatario muy específico: Ricardo Mejía, el chismoso oficial de Grupo Vega.
Eligió el momento perfecto: la media tarde del lunes, cuando la energía de la oficina comenzaba a decaer y la gente estaba más receptiva al drama para combatir el aburrimiento. Se acercó al escritorio de Ricardo no con la arrogancia de una directiva, sino con la falsa vulnerabilidad de una amiga preocupada. Llevaba en la mano dos cafés de Juan Valdez, un gesto que sabía que Ricardo, un hombre que se sentía perpetuamente subvalorado, interpretaría como un reconocimiento a su importancia.
—Ricardito, te veo agotado. Te traje un salvavidas —dijo, su voz era un susurro meloso mientras le dejaba el café en el escritorio.
Ricardo levantó la vista de su pantalla, sus ojos pequeños y curiosos se iluminaron al verla. La combinación de su presencia y el café gratis era una invitación irresistible a la confidencia.
—Isa, qué detalle. Mil gracias. Pues sí, aquí, ahogado en correcciones de última hora. ¿Y tú? ¿Todo bien?
Isabella suspiró, una actuación perfectamente calibrada de angustia y preocupación. Se apoyó en el borde de su escritorio, asegurándose de que su lenguaje corporal fuera abierto y vulnerable.
—Ay, Ricardo, ni me preguntes. Estoy tan, tan preocupada. No he podido dormir bien en días.
—¿Preocupada? ¿Pero por qué? —preguntó él, bajando la voz y acercándose, su instinto de chismoso completamente activado.
—Es por Valentina —dijo Isabella, su voz apenas un susurro, obligando a Ricardo a inclinarse aún más—. Sé que ya no es asunto mío, pero no puedo evitar sentirme mal por ella. La vi el otro día, ¿sabes? Con Mateo Castillo.
Ricardo asintió, sus ojos brillando de interés. Ese era el chisme del momento.
—Sí, algo he oído. Parece que le está yendo bien.

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