El veneno que Isabella inoculó en Ricardo Mejía actuó con la rapidez y la eficacia de una toxina biológica. Ricardo, sintiéndose el poseedor de una información exclusiva y escandalosa, no pudo contenerse. Apenas Isabella se perdió de vista, comenzó su trabajo. No fue tan burdo como para enviar un correo masivo. Su método era mucho más orgánico y, por lo tanto, más efectivo.
Primero, se acercó a la diseñadora del cubículo de al lado con el pretexto de pedirle una opinión sobre una paleta de colores. Mientras ella miraba la pantalla, él suspiró y dijo: "¿Oíste lo de Valentina? Qué triste, ¿no? Con lo talentosa que es, tener que recurrir a esas cosas…". La diseñadora, inmediatamente intrigada, le sacó la historia completa, que Ricardo le contó bajo el más estricto "secreto".
Luego, durante la pausa del almuerzo, se unió a un grupo de ejecutivos de cuentas en la cafetería. Mientras hablaban de fútbol, él casualmente dejó caer el comentario: "Hablando de jugadas desesperadas, lo de Valentina y Mateo Castillo es de no creer. Pobre mujer, la presión la está volviendo loca". En cuestión de minutos, todo el departamento de cuentas estaba al tanto de la "trágica historia" de Valentina.
El rumor se propagó por la agencia de Alejandro como un virus. Cada persona que lo escuchaba lo adornaba con sus propios detalles, sus propias interpretaciones, sus propias envidias. La "preocupación" de Isabella se transformó en una certeza. Para el final del día, la narrativa dentro de Grupo Vega era que Valentina Rojas no era una empresaria valiente, sino una mujer desesperada al borde de la quiebra que se estaba acostando con su único cliente para no hundirse. Su éxito con "ConectaTech" ya no era visto como un triunfo de talento, sino como el resultado de una transacción sexual.
Pero la verdadera genialidad del plan de Alejandro e Isabella era que el rumor no se quedaría confinado dentro de las paredes de su agencia. La industria publicitaria de Bogotá, aunque grande, era un ecosistema social muy cerrado, un pequeño pueblo donde todos se conocían y donde el chisme era la moneda de cambio más valiosa.

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