El ataque de Don Ricardo no se limitó a la cadena de suministro. Su estrategia era una guerra total, diseñada para cortar todas las fuentes de oxígeno de Valentina, incluidas las más importantes: sus clientes.
La llamada llegó el miércoles por la mañana. Era Lucía Méndez, de la panadería "El Horno Mágico". Su voz, normalmente cálida y llena de energía, sonaba apagada, casi asustada.
—Valentina, hola. Siento molestarte. ¿Tienes un minuto?
—Claro, Lucía. Para ti, siempre —respondió Valentina, una sensación de premonición instalándose en su estómago—. ¿Está todo bien? Vi que las ventas del fin de semana rompieron un nuevo récord.
—Sí, sí, el negocio va increíblemente bien, y todo gracias a ti —dijo Lucía, y luego hubo una pausa incómoda—. Pero… ha pasado algo. Algo extraño.
Valentina esperó, su corazón comenzando a latir más rápido.
—Ayer por la tarde, recibimos una visita en la panadería —continuó Lucía, su voz bajando a un susurro—. Un hombre muy elegante, en un coche muy caro. Dijo que era socio de un gran fondo de inversión. Se presentó como un amigo de la familia Vega.
La mención del apellido Vega fue como una descarga eléctrica.
Valentina se quedó en silencio, una rabia fría y blanca apoderándose de ella. Atacar a los proveedores era una cosa. Eran grandes empresas que podían soportar la presión. Pero atacar a una pequeña empresa familiar, a gente buena y trabajadora que solo intentaba salir adelante, era un acto de una bajeza y una crueldad indescriptibles. Don Ricardo no tenía límites. No tenía honor.
—Valentina, mi familia y yo te debemos todo —dijo Lucía, su voz ahora llena de una angustia genuina—. Eres nuestra amiga. Pero también tengo que pensar en el futuro de nuestro negocio, en el legado de mi abuelo… No sé qué hacer.
—No hagas nada todavía, Lucía —respondió Valentina, su propia voz era sorprendentemente firme. La vulnerabilidad de su cliente la llenó de una fuerza protectora—. No tomes ninguna decisión. Déjame pensar. Voy a encontrar una solución. No voy a permitir que ese hombre te haga daño por mi culpa.
Colgó el teléfono y se quedó mirando el vacío. La presión al cliente. Era la jugada más sucia hasta el momento. Don Ricardo no solo estaba tratando de destruirla a ella; estaba dispuesto a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino, sin importar lo pequeño o inocente que fuera. La guerra acababa de volverse mucho más personal. Y Valentina se dio cuenta de que su lucha ya no era solo por la supervivencia. Era una lucha por el alma de la forma en que se hacían los negocios, una lucha contra la tiranía del poder y el miedo.

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