La noticia del ataque a "El Horno Mágico" fue la gota que colmó el vaso. Valentina vio el miedo en los ojos de su pequeño equipo, vio cómo la esperanza que habían construido comenzaba a desmoronarse bajo el peso de la implacable ofensiva de Don Ricardo. El pánico, que hasta ahora había sido un murmullo subterráneo, amenazaba con convertirse en un grito ensordecedor. Sabía que tenía que actuar, y rápido.
Esa misma tarde, reunió a todo su equipo en el centro de la oficina. No en una sala de juntas formal, sino en el espacio abierto, sentados en un círculo improvisado en el suelo, como una familia en una reunión de crisis. La atmósfera era sombría, cargada de una ansiedad silenciosa.
Valentina se puso de pie en el centro del círculo. No adoptó una postura de poder, sino que se dirigió a ellos con una vulnerabilidad y una honestidad que los desarmó.
—Sé que todos están asustados —comenzó, su voz era tranquila pero no ocultaba la gravedad de la situación—. Y tienen todo el derecho a estarlo. Lo que está pasando no es justo. No es una competencia de mercado. Es un ataque. Un ataque personal y despiadado de un hombre muy poderoso que no puede soportar la idea de que existamos.
Miró a cada uno de ellos a los ojos, creando una conexión individual.
—Quiero ser completamente honesta con ustedes. La situación es crítica. Nos han cortado el crédito. Nos han bloqueado a casi todos los proveedores de la ciudad. Y ahora, están amenazando a nuestros clientes. Nos están atacando con todo lo que tienen, y su objetivo es simple: quieren asfixiarnos hasta que nos rindamos.
Dejó que la cruda realidad de sus palabras se asentara. No les ofreció falsas esperanzas ni minimizó el peligro. Les dio el respeto de la verdad.
—Entenderé perfectamente si alguno de ustedes decide que esto es demasiado —continuó, su voz se suavizó—. Nadie firmó para esto. Si alguien quiere irse, buscar un trabajo más seguro, no habrá resentimientos. Solo mi más profundo agradecimiento por haber creído en este proyecto hasta ahora.
Un silencio tenso llenó la habitación. Nadie se movió. Nadie bajó la mirada.
—Pero —dijo Valentina, y su voz se llenó de una nueva y feroz determinación—, si deciden quedarse, quiero que sepan por lo que estamos luchando. No estamos luchando solo por nuestros trabajos o por esta empresa. Estamos luchando por una idea. La idea de que el talento es más fuerte que el nepotismo. La idea de que la creatividad es más poderosa que la intimidación. La idea de que la integridad, al final, vale más que todas las conexiones del Country Club.
Caminó por el círculo, su presencia llenando el espacio.

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