Después de la noticia de las cancelaciones, Valentina supo que no podía permitirse el lujo de entrar en pánico. La ansiedad de su equipo era un reflejo directo de su propia compostura. Si ella se desmoronaba, todo se vendría abajo. Con una calma que no sentía en absoluto, se puso de pie y salió de su oficina.
—Muy bien, equipo, escuchen —dijo, su voz era firme y resonó en la oficina silenciosa—. Hemos perdido dos proveedores. Es un contratiempo, sí. Pero no es el fin del mundo. Es un problema, y nuestro trabajo es resolver problemas. Carlos, tú y yo nos encargaremos de encontrar nuevos socios. Andrés, quiero que tú y el equipo de diseño sigan trabajando en las propuestas creativas como si nada hubiera pasado. No vamos a dejar que esto nos detenga.
Sus palabras, llenas de una confianza que era en parte actuación y en parte pura terquedad, tuvieron un efecto calmante. El equipo, aunque todavía ansioso, volvió a sus escritorios con un renovado sentido de propósito.
Pero mientras proyectaba una imagen de control, por dentro, Valentina estaba librando su propia batalla contra el miedo. Pasó el resto del día encerrada en su oficina con Carlos, con el teléfono pegado a la oreja. Comenzó a llamar a todos los contactos que había acumulado en sus quince años de carrera. Proveedores alternativos, casas productoras más pequeñas, imprentas boutique. La respuesta fue una y otra vez la misma, una sinfonía de rechazos educados pero inflexibles.
—Valentina, sabes que te adoro y que me encantaría trabajar contigo —le dijo el dueño de una productora boutique en la que confiaba—. Pero no puedo. Simplemente no puedo arriesgarme. Grupo Vega representa el sesenta por ciento de mi facturación anual. No puedo poner en peligro el sustento de mis empleados. Lo siento.
Otro, el director de una imprenta de lujo, fue aún más directo.

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