Después de trazar las líneas generales de su contraataque, con la oficina ahora llena de la energía de un cuarto de guerra y las cajas de comida vacías como testigos de su pacto nocturno, Mateo se quedó en silencio por un momento, su expresión volviéndose más seria, más introspectiva.
—Hay un paso más que debemos dar —dijo, su voz era tranquila pero con un peso que indicaba la importancia de lo que estaba a punto de decir—. Antes de que hagamos cualquier anuncio público, antes de que movamos a nuestros abogados. Hay una persona cuya bendición necesitamos para que esta alianza sea verdaderamente inquebrantable.
Valentina lo miró, intrigada. ¿Un inversor clave? ¿Un miembro de la junta directiva de su familia?
—¿De quién hablas?
—De mi abuela —respondió Mateo, y la sencillez de su respuesta sorprendió a Valentina—. Juana Castillo.
El nombre era una leyenda en Bogotá. Juana Castillo no era simplemente la viuda del fundador del Imperio Castillo; muchos decían que ella había sido el verdadero cerebro, la estratega silenciosa detrás del éxito de su esposo. Ahora, en su vejez, se había retirado de la gestión diaria, pero su influencia como matriarca de la familia y principal accionista seguía siendo absoluta. Su palabra era ley. Su aprobación, o desaprobación, podía hacer o deshacer cualquier trato.
—Mi abuela es… de la vieja escuela —continuó Mateo, eligiendo sus palabras con cuidado—. Confía en su instinto más que en cualquier hoja de cálculo. Para ella, los negocios no se tratan solo de números; se tratan de carácter. Antes de que el Imperio Castillo ponga todo su peso detrás de ti, ella necesitará conocerte. Necesitará mirarte a los ojos y decidir por sí misma si eres la clase de persona en la que vale la pena invertir.
Valentina sintió un nudo de nervios formarse en su estómago. La idea de enfrentarse a una figura tan formidable, de ser juzgada por la legendaria Juana Castillo, era más intimidante que cualquier reunión con un cliente.
—¿Y si no le agrado? —preguntó, su vulnerabilidad mostrándose por un instante.
—He organizado el almuerzo familiar tradicional del domingo en la finca de mi abuela en las afueras de la ciudad. Y tú serás mi invitada.
—¿Una comida familiar? Mateo, no creo que…
—Es la única manera —la interrumpió él con una certeza tranquila—. No irás como una CEO buscando una inversión. Irás como mi… amiga. Como una persona a la que respeto y admiro. Ella te observará, te hará preguntas, te pondrá a prueba sin que te des cuenta. Tu tarea no es venderle tu empresa. Es mostrarle quién eres. Si te ganas su respeto, si ella ve tu carácter, la alianza estará sellada. Y créeme, una vez que tienes a Juana Castillo de tu lado, no hay fuerza en este país que pueda detenerte. Ni siquiera Don Ricardo Vega.
El plan estaba en marcha. La batalla por la supervivencia de Creativos V.R. ya no se libraría en las salas de juntas ni en las columnas de chismes. Se libraría en el campo de batalla más antiguo y más complejo de todos: una comida familiar de domingo. Y Valentina sabía que esta sería la prueba más difícil de todas. Para vencer a un patriarca, como había dicho Mateo, necesitaba la bendición de una matriarca.

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