Valentina sostuvo la copa de vino que Mateo le había servido, el cristal se sentía frío y sólido en su mano, un ancla en el torbellino de sus emociones. Escuchó su propuesta, cada palabra cuidadosamente elegida para apelar a su lógica de CEO, no a su vulnerabilidad de mujer. Las palabras de Marisa resonaban en su cabeza: "Una alianza estratégica no es una derrota, es ajedrez". Y frente a ella, Mateo no le estaba ofreciendo un rescate; le estaba proponiendo una jugada maestra.
Su orgullo, esa fortaleza que había construido para protegerse, comenzó a desmoronarse, no por la presión de la crisis, sino por la abrumadora fuerza de la sinceridad y el respeto de Mateo. Él la entendía. Entendía su necesidad de ser vista como una igual, su terror a volver a una posición de dependencia. Y en lugar de explotar esa vulnerabilidad, la había honrado, dándole una razón profesional e inexpugnable para aceptar la ayuda que ambos sabían que necesitaba desesperadamente.
Una lenta sonrisa, la primera genuina en días, se dibujó en su rostro. Era una sonrisa de alivio, de gratitud y, sobre todo, de una profunda y creciente admiración por el hombre que tenía delante.
—Eres increíblemente bueno en esto, ¿lo sabías? —dijo, su voz era un murmullo suave—. Podrías venderle hielo a un esquimal.
Mateo le devolvió la sonrisa, la tensión en su rostro finalmente relajándose.

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