La preparación para el almuerzo del domingo se convirtió en una operación de inteligencia. Mateo, entendiendo que Valentina se enfrentaba no a una simple comida familiar, sino a un riguroso examen de carácter, se dedicó a prepararla con la misma meticulosidad con la que prepararía a un abogado para un contrainterrogatorio. Al día siguiente de su pacto nocturno, le envió un correo electrónico con un único archivo adjunto, un documento encriptado titulado "Informe Juana Castillo".
Valentina lo abrió con una mezcla de aprensión y fascinación. No era una simple lista de gustos y disgustos. Era un dossier completo, un perfil psicológico y estratégico de la matriarca de la familia Castillo. Mateo había recopilado anécdotas, citas, e incluso transcripciones de antiguas entrevistas que su abuela había concedido a regañadientes décadas atrás.
El informe pintaba el retrato de una mujer formidable. Juana Castillo, según el informe, era una mujer de contrastes. Por un lado, era una tradicionalista que valoraba por encima de todo la lealtad familiar, la discreción y las viejas costumbres de la élite bogotana. Despreciaba la ostentación de los "nuevos ricos" y tenía una aversión casi alérgica al escándalo público. "En nuestra familia, los trapos sucios no se lavan en casa, simplemente no se ensucian", era una de sus citas más famosas. Esta sección del informe hizo que a Valentina se le helara la sangre. Ella, con su divorcio convertido en noticia nacional, era la personificación de todo lo que Juana detestaba.
Por otro lado, el informe revelaba a una mujer de negocios increíblemente astuta y progresista para su tiempo. Había sido ella, no su esposo, quien había insistido en diversificar las inversiones de la familia más allá de los bienes raíces, apostando por la tecnología en los años 90 cuando todos pensaban que era una locura. No se dejaba impresionar por los títulos ni por los apellidos; se dejaba impresionar por la inteligencia, la audacia y, sobre todo, por la "verraquera", la capacidad de luchar y salir adelante a pesar de la adversidad. "Prefiero un socio que ha fracasado y se ha levantado a uno que nunca ha conocido la derrota", decía otra de sus citas.
El informe detallaba sus manías: odiaba el tuteo de personas que no conocía bien, detestaba que la gente mirara el celular en la mesa y tenía un agudo sentido para detectar la adulación y la falsedad. Había una anécdota particularmente aterradora sobre un joven y prometedor banquero de inversión que había intentado ganarse su favor elogiando exageradamente su colección de arte. Juana, aparentemente, lo había escuchado en silencio y luego le había preguntado por el significado de una de las pinturas más complejas. El banquero, incapaz de responder, quedó expuesto como un adulador ignorante y nunca más volvió a hacer negocios con la familia Castillo.
Mateo había incluido también una sección sobre sus pasiones: la jardinería, especialmente el cultivo de orquídeas; la historia de Colombia, con un interés particular en la época de la independencia; y la música clásica, siendo una devota de Bach.
Mientras Valentina leía, se dio cuenta de la magnitud del desafío. No podía fingir ser alguien que no era; Juana lo detectaría en un segundo. No podía impresionarla con su éxito profesional; la matriarca vería eso como algo secundario. Tenía que ser ella misma, pero la mejor versión de sí misma: honesta, inteligente, respetuosa y, sobre todo, fuerte.
Pasó los siguientes dos días preparándose, no como si fuera a una cita, sino como si fuera a defender la tesis más importante de su vida. Leyó sobre la historia de las orquídeas en Colombia. Refrescó sus conocimientos sobre la vida de Simón Bolívar. Escuchó las fugas de Bach. No lo hacía para poder fingir un interés, sino para poder mantener una conversación genuina si surgía la oportunidad. Sabía que su única oportunidad de ganar la aprobación de Juana no era impresionándola, sino conectando con ella a un nivel de respeto intelectual mutuo. El informe de Mateo no era un manual de instrucciones para engañar a su abuela; era un mapa para entenderla. Y Valentina, una estratega nata, sabía que entender a su oponente era el primer y más crucial paso para ganar cualquier batalla.

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