Isabella lo miró, su rostro era un lienzo de incredulidad y un horror que se intensificaba. La lógica fría y despiadada de sus palabras era innegable. Había construido toda su estrategia de supervivencia sobre la base de que la información que poseía era su póliza de seguro, su arma de destrucción mutua. Pero Alejandro, con una crueldad calculada, acababa de revelarle que su arma estaba descargada, que su póliza no tenía cobertura.
—Tú… tú no puedes probar que esos archivos son falsos —tartamudeó, su mente aferrándose a la última y más delgada de las esperanzas.
Alejandro sonrió, una sonrisa de pura y sádica superioridad. Se acercó a su escritorio y, con un par de clics, abrió otra ventana en el monitor.
—¿Ah, no? —dijo, su tono era casi juguetón—. Permíteme que te muestre algo.
En la pantalla, apareció una cadena de correos electrónicos. Eran entre él y el Coronel Salgado. El asunto era "Operación Ratonera". Los correos detallaban, paso por paso, la creación de la trampa. "Salgado, por favor, fabrique un estado de cuenta de Panamá con una transferencia de cinco millones". "Salgado, redacte un informe falso sobre Castillo, que sea jugoso". "Salgado, confirme que la carpeta honeypot está lista y que el software de monitoreo está activo". Los correos estaban fechados dos días antes de que ella copiara los archivos.
—No solo tengo pruebas de que la información que robaste es falsa —continuó Alejandro, su voz era un susurro triunfante, saboreando cada palabra de su victoria—. Tengo pruebas en video de ti cometiendo el acto de robarla. Tengo el antes, el durante y el después. Tengo toda la historia. Y en esa historia, Isabella, tú no eres la heroína. Eres la villana. Una villana bastante estúpida, por cierto.
Se recostó en su silla, el rey de nuevo en su trono, observando cómo su enemiga se desmoronaba. Le había quitado su única arma y, en el proceso, le había demostrado que la partida nunca había sido entre iguales. Ella siempre había sido un peón, y él, el jugador que estaba a punto de sacrificarla sin el más mínimo remordimiento. La aniquilación era total.

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