Isabella se quedó mirando la pantalla, su mente en blanco, incapaz de procesar la magnitud de su derrota. El video en bucle era una tortura, un recordatorio de su propia arrogancia, de su fatal error de cálculo. Había creído que estaba jugando una partida de ajedrez, pero se dio cuenta de que ni siquiera había estado en el tablero; había sido una simple pieza, movida y manipulada a voluntad.
Un único y desgarrado sollozo escapó de sus labios, un sonido de pura desesperación. Y ese sonido pareció romper el último vestigio de autocontrol de Alejandro. La fría y calculadora satisfacción en su rostro fue reemplazada por una erupción de ira y desprecio, un torrente de resentimiento acumulado que finalmente encontró una salida.
—¿Vas a llorar ahora? —espetó, su voz goteaba un veneno que había estado destilando durante meses—. ¿De verdad crees que tus lágrimas me conmueven? ¡No eres más que una patética y predecible decepción!
Se levantó y comenzó a caminar por la oficina, su rabia demasiado grande para ser contenida en una silla.
—¿Sabes cuál fue tu mayor error, Isabella? No fue robar los archivos. Fue creer, por un solo segundo, que eras indispensable. Que eras… especial.
Se detuvo frente a ella y la miró desde arriba, sus ojos llenos de un desprecio tan absoluto que era casi inhumano.
—Déjame decirte lo que siempre he pensado de ti, lo que nunca tuve las ganas de decirte a la cara. No eres más que un peón. Un juguete bonito y entretenido que usé para pasar el rato, para aliviar el aburrimiento de un matrimonio que se había vuelto tedioso. Eras una distracción, Isabella. Nada más.
Cada palabra era un golpe, una bofetada a su orgullo, a su identidad, a todo lo que había construido.

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