El terror que se apoderó de Isabella fue tan absoluto que la dejó paralizada, incapaz de articular una sola palabra. Su mente, normalmente tan rápida y astuta, se había convertido en un torbellino de pánico. El video en la pantalla seguía reproduciéndose en un bucle silencioso, una prueba digital de su propia estupidez, de su arrogancia, de su caída. Había pasado de ser la cazadora a ser la presa en un instante.
Pero el instinto de supervivencia, el mismo que la había impulsado a escalar la escalera corporativa con una determinación despiadada, finalmente se activó. La desesperación le devolvió la voz. Se aferró a la única arma que creía que todavía tenía: los secretos reales, los que había copiado antes de caer en la trampa.
—Tú no harás eso —siseó, intentando inyectar en su voz una confianza que no sentía—. No te atreverás a llamar a la fiscalía.
Alejandro la miró con una ceja arqueada, disfrutando de su patético intento de desafío.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no?
—Porque yo también tengo información. Información real —dijo, su voz ganando un poco de fuerza—. No solo tus planes falsos contra los Castillo. Tengo los registros de la "Campaña Fantasma". Tengo las pruebas del apartamento. Tengo correos, tengo contratos. Si yo caigo, te arrastro conmigo.
Creyó que tenía la ventaja, que había llegado a un punto muerto de destrucción mutua asegurada. Se recostó en la silla, intentando recuperar algo de su compostura, creyendo que su amenaza le compraría una negociación, una salida digna.

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