Una vez que el sacrificio del patriarca fue completado, un acto de una brutalidad pragmática que dejó un sabor amargo en la boca de todos, la junta directiva se giró, como un solo organismo depredador, hacia su siguiente presa. El juicio de Alejandro Vega había comenzado.
Germán Obregón, ahora actuando como el fiscal de facto, se puso de pie de nuevo. Su mirada, que antes había estado dirigida a la figura ausente de Don Ricardo, ahora se clavó en Alejandro con una intensidad implacable.
—Ahora, hablemos de ti, Alejandro —dijo, su voz desprovista de cualquier formalidad o respeto. Ya no se dirigía al CEO, sino a un empleado a punto de ser despedido.
—El desastre que estamos enfrentando no es solo culpa de tu tío —continuó Obregón, caminando lentamente alrededor de la mesa hasta quedar de pie detrás de la silla de Alejandro, una repetición de la táctica de intimidación que Don Ricardo había usado con él—. La corrupción de Ricardo fue el cáncer. Pero tú, Alejandro, fuiste la enfermedad autoinmune. Tu negligencia, tu arrogancia y tu escandalosa vida personal crearon el ambiente perfecto para que el cáncer hiciera metástasis y destruyera todo.
La junta, que antes temía a Alejandro, ahora lo miraba con un desprecio abierto. Se sentían envalentonados por la caída de Don Ricardo, libres para finalmente decir lo que habían pensado durante años.
—Nos has convertido en el hazmerreír de la industria —concluyó Obregón, su voz era un veredicto final—. Has tomado el legado de tu padre, un legado de poder y respeto, y lo has convertido en el guion de una telenovela barata.
Alejandro escuchaba, su rostro pálido, sus manos temblando bajo la mesa. Intentó buscar un aliado, una mirada de simpatía entre los hombres que habían sido sus mentores, sus amigos, los socios de su padre. No encontró nada. Solo vio los rostros fríos y duros de hombres de negocios que estaban a punto de cortar sus pérdidas. Y él, se dio cuenta con un terror absoluto, era la mayor de todas ellas. El juicio había terminado. Solo faltaba la sentencia.

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