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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 31

El sol de la mañana se filtraba por las persianas automáticas del penthouse, dibujando rayas de luz sobre la costosa alfombra. Valentina se despertó antes de que sonara su alarma, sintiendo un extraño vacío a su lado en la cama, un vacío que en realidad llevaba años existiendo. Anoche, después de su confrontación, no había vuelto a su habitación. Se había encerrado en el cuarto de huéspedes, un espacio impersonal que rara vez usaban, y había dormido un sueño profundo y sin sueños, como si su cuerpo finalmente hubiera soltado una tensión que llevaba acumulando durante años.

Se levantó y se vistió con una precisión metódica. Eligió un traje de pantalón negro, una blusa de seda gris y unos tacones discretos. Su atuendo era una armadura de profesionalismo, sin un solo toque de color o frivolidad. Se recogió el pelo en una cola de caballo tirante y se maquilló con una sobriedad casi marcial. Al mirarse al espejo, no vio a la esposa de Alejandro Vega. Vio a Valentina Rojas, directora creativa. Una mujer con una misión.

Cuando salió de su cuarto, se encontró con Alejandro en la cocina. Él estaba de espaldas, sirviéndose un café, vestido ya con su impecable traje de trabajo. La resaca era visible en la rigidez de sus hombros y en la forma en que se movía, como si cada gesto le costara un esfuerzo.

—Buenos días —dijo Valentina, su voz tan neutra como el color de su blusa.

Él se giró, sorprendido. Claramente, esperaba encontrarla llorando, o dispuesta a disculparse, o al menos a continuar la pelea. No esperaba esa frialdad profesional.

—Ah, buenos días —respondió, su propia voz era ronca—. Escucha, sobre anoche… creo que ambos dijimos cosas de las que no estábamos orgullosos. Estábamos cansados, estresados…

Era su táctica habitual: minimizar, normalizar, barrer el conflicto debajo de la alfombra. Esperaba que ella aceptara la tregua implícita, que volviera a su papel de esposa comprensiva y que todo siguiera como siempre.

—No hay "cosas que dejar así", Alejandro —replicó ella, deteniéndose en la puerta de la cocina para mirarlo por última vez—. Simplemente, las cosas son así. Ahora, si me disculpas, tenemos una empresa que dirigir.

Salió del apartamento sin esperar respuesta, dejando a Alejandro solo en la cocina, con su taza de café en la mano y una expresión de total desconcierto. No entendía que la mujer que acababa de salir no era la misma que había entrado la noche anterior.

En la oficina, el cambio en Valentina fue palpable para todos. Su aura, normalmente cálida y accesible a pesar de su autoridad, se había vuelto distante, enfocada, casi impenetrable. Saludó a su equipo con un "buenos días" profesional pero sin la sonrisa habitual. Se encerró en su oficina y se sumergió en el trabajo con una intensidad feroz. Ya no participaba en las conversaciones triviales junto a la máquina de café. Sus reuniones eran cortas, eficientes y estrictamente centradas en los objetivos. Se había convertido en una máquina de productividad, una líder implacable. Su corazón, o lo que quedaba de él, lo había dejado en casa. A la oficina solo había traído su cerebro. Y su cerebro estaba en pie de guerra.

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