En lugar de llorar o gritar, como él claramente esperaba, Valentina hizo algo completamente inesperado. Una extraña y profunda calma descendió sobre ella, como el silencio que sigue al ojo de un huracán. La brasa de rabia en su estómago no se apagó, sino que se solidificó, convirtiéndose en un núcleo de hielo puro. Miró a su esposo, al hombre con el que había compartido años de su vida, sus sueños y sus miedos, y lo vio con una claridad aterradora, como si lo viera por primera vez. Vio su patética debilidad disfrazada de fuerza, su miedo paralizante a la insignificancia, su desesperada necesidad de dominio para sentirse un hombre. Y en ese instante de epifanía, ya no sintió nada por él. Ni amor, ni odio, ni siquiera lástima. Solo un vacío gélido y definitivo.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y completamente desprovista de cualquier calidez o humor, se dibujó en sus labios.
—Tienes razón, Alejandro —dijo, y su voz era tan suave, tan controlada, como el acero pulido. El cambio radical en su tono lo desconcertó por completo, deteniendo en seco su diatriba.
Él la miró, confundido, su mente alcoholizada incapaz de procesar esa reacción. Esperaba una pelea, lágrimas, una disculpa histérica. No esperaba… un acuerdo.
—¿Qué?


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