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La Verdad No Sangra, Pero Yo Sí romance Capítulo 1

En Nueva Alborada, las nevadas de noviembre ya habían comenzado. La brusca sacudida del tren de aterrizaje al tocar la pista sacó a Miranda Luque de su profundo letargo; el vuelo internacional de trece horas por fin había terminado.

Regresaba por un intercambio de seis meses, enviada por la sede central de la empresa.

Miranda jamás imaginó que volvería. Después de todo, este era el lugar del que había huido cortando de tajo con absolutamente todo.

Cuarenta minutos más tarde, el avión se detuvo por completo en el Aeropuerto Internacional de Nueva Alborada.

El viento gélido calaba hasta los huesos. El cielo estaba plomizo y empezaba a levantarse un ventarrón.

De pie en la salida, Miranda se cerró el abrigo y miró a su alrededor. Sentía como si hubiera pasado toda una vida; realmente hacía ya diez años que se había ido.

—¡Miranda!

Siguió la voz y vio a su mejor amiga, Julia Navarro, parada al otro lado del arroyo vehicular, agitando los brazos emocionada mientras gritaba su nombre.

En cuanto el tráfico bajó un poco, cruzó corriendo con los brazos abiertos.

Miranda hundió el rostro en la gruesa chamarra de su amiga y murmuró con voz apagada: —¿Qué haces aquí? Ni siquiera te dije en qué vuelo venía.

—¿Y crees que eso iba a detenerme? —Julia la abrazó con fuerza por los hombros—. Vámonos ya, reservé en ese lugar de Puchero que tanto te gusta.

El invierno en Nueva Alborada seguía siendo igual de despiadado, el lugar era el mismo de siempre y el sazón, su favorito.

—Te fuiste toda una década —Julia le pasó la tableta para ordenar—. En aquel entonces, por más que te rogué, no me hiciste caso.

Miranda bajó la mirada, sonriendo en silencio.

—¿Sabías que Alberto Serrano ya está comprometido? En estos diez años que estuviste fuera, la familia Serrano ha llegado a lo más alto. No solo Leandro Serrano es ahora el rey indiscutible de los negocios en Nueva Alborada, sino que Alberto ya se integró al gabinete. Es el Ministro Serrano, la figura política más poderosa del momento y el candidato más fuerte para subir de puesto en las próximas elecciones. Si no hubieras cancelado la boda, seguro ya tendrían hijos.

Miranda se detuvo. Una chispa de sorpresa cruzó por sus ojos, pero de inmediato, bajo sus largas pestañas, solo quedó una gélida indiferencia: —Ya pasó mucho tiempo. ¿Qué caso tiene hablar de eso ahora?

Sin ganas de comer, le devolvió la tableta al mesero.

Julia apretó los labios con resignación y no insistió más.

El frío congelante la obligaba a entrecerrar los ojos, impidiéndole ver bien a la persona, quien tras una breve pausa preguntó con cautela: —¿Señorita Miranda?

El corazón le dio un vuelco. En Nueva Alborada, las personas que la conocían se contaban con los dedos de una mano. Era imposible que fuera tanta casualidad.

Al ver que no respondía, el hombre regresó a la puerta trasera de la SUV y murmuró algo a quien iba adentro.

Aprovechando ese segundo, ella abrió la puerta trasera para revisar a Julia de nuevo. Al confirmar que todo estaba en orden, suspiró aliviada.

Sintió algo caliente en la muñeca. Bajó la vista y vio que la sangre ya había traspasado su suéter blanco.

Tragándose el dolor, escondió la mano ensangrentada bajo la manga de su chamarra y se acomodó la bufanda para evitar que la nieve se colara en su ropa.

Al levantar la mirada, vio una figura imponente caminando hacia ella entre la ventisca.

El hombre, de postura recta e inquebrantable, llevaba un largo abrigo negro. Erguido en medio de la tormenta, parecía un roble capaz de soportar el peor de los temporales sin ceder un solo centímetro.

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