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La Verdad No Sangra, Pero Yo Sí romance Capítulo 2

Bajo el brillo de las luces de neón, el viento había cedido un poco, pero seguía nevando. Avanzaba a paso lento, mientras las farolas iluminaban su rostro arrogante y apuesto.

Él era como la hoja más afilada y salvaje de Nueva Alborada, tan inalcanzable como letal.

A medida que se acercaba, aquel aroma inconfundible se filtró por cada poro de su piel como una neblina invasiva.

Jamás imaginó que, después de diez años sin saber el uno del otro, se reencontrarían en semejantes circunstancias.

Él lucía tan implacable y decidido como siempre, mientras ella temblaba de frío, sin escapatoria alguna.

Miranda se quedó petrificada, mirándolo fijamente. A ambos ya se les había acumulado nieve en el cabello y las pestañas.

Alberto Serrano se quitó el abrigo y se lo echó a Miranda sobre los hombros. El calor de su cuerpo y ese aroma tan suyo la envolvieron de inmediato.

No dijo una sola palabra, pero en sus oscurísimos ojos ardía una profundidad indescifrable.

Se sostuvieron la mirada por un instante hasta que ella la apartó con frialdad. Se quitó el abrigo, se lo devolvió e intentó abrir la puerta del coche con los dedos entumecidos, pero una mano implacable la sujetó del brazo.

¡Sss!

Soltó un siseo por el dolor agudo.

—¿Estás herida? —preguntó Alberto, frunciendo el ceño mientras la soltaba. Su mirada se clavó en la mano cubierta de sangre.

Miranda no respondió. Lo fulminó con los ojos enrojecidos, irradiando puro rechazo y fastidio.

—Sube a mi camioneta, te llevo a la clínica. Mi equipo se encargará de lo demás —ordenó con un tono que no admitía réplicas.

—No hace falta. La culpa fue mía, cubriremos los daños por medio de los seguros —respondió ella, con una sonrisa fría y distante en su impecable rostro—. Un asuntito como este no requiere la atención del Ministro Serrano.

Alberto la observó con hielo en la mirada.

El viento volvió a soplar. El tráfico, ya de por sí pesado, se volvió un caos. Un oficial de tránsito no tardó en llegar para despejar la zona, mientras los cláxones empezaban a sonar en cadena a sus espaldas.

Un uniformado se acercó y, con evidente respeto, hizo una ligera reverencia: —Una disculpa por la demora, Ministro Serrano. Ya está todo arreglado, puede retirarse.

Él soltó un ligero murmullo de afirmación, en el que no se percibía ni un ápice de emoción.

Había bajado la voz intencionalmente, y en su semblante implacable asomaba ya la impaciencia.

Miranda frunció el ceño, a punto de replicar, cuando desde el asiento trasero Julia soltó un sonoro estornudo en sueños.

Solo entonces recordó que el clima del coche llevaba rato apagado; si Julia seguía ahí, seguro iba a enfermarse.

Pensó un segundo, apretó los labios y caminó en silencio hacia la imponente Land Rover negra.

Al pasar junto a los vehículos, echó un vistazo rápido: ambas fascias solo tenían abolladuras leves. Menos mal que los coches eran resistentes.

Alberto le dio un par de instrucciones a Sergio y subió justo detrás de ella.

Al arrancar, encendió la calefacción a tope. Sacó no se sabe de dónde una botella de agua tibia y se la entregó. —Póntela en el regazo para que mantengas la temperatura, y no muevas esa mano.

Cada una de sus frases sonaba a orden militar, imposible de evadir.

Justo al recibir la botella de agua tibia, la mirada de Miranda aterrizó de lleno en el anillo que brillaba en el dedo medio de su mano derecha.

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