Bajo el brillo de las luces de neón, el viento había cedido un poco, pero seguía nevando. Avanzaba a paso lento, mientras las farolas iluminaban su rostro arrogante y apuesto.
Él era como la hoja más afilada y salvaje de Nueva Alborada, tan inalcanzable como letal.
A medida que se acercaba, aquel aroma inconfundible se filtró por cada poro de su piel como una neblina invasiva.
Jamás imaginó que, después de diez años sin saber el uno del otro, se reencontrarían en semejantes circunstancias.
Él lucía tan implacable y decidido como siempre, mientras ella temblaba de frío, sin escapatoria alguna.
Miranda se quedó petrificada, mirándolo fijamente. A ambos ya se les había acumulado nieve en el cabello y las pestañas.
Alberto Serrano se quitó el abrigo y se lo echó a Miranda sobre los hombros. El calor de su cuerpo y ese aroma tan suyo la envolvieron de inmediato.
No dijo una sola palabra, pero en sus oscurísimos ojos ardía una profundidad indescifrable.
Se sostuvieron la mirada por un instante hasta que ella la apartó con frialdad. Se quitó el abrigo, se lo devolvió e intentó abrir la puerta del coche con los dedos entumecidos, pero una mano implacable la sujetó del brazo.
¡Sss!
Soltó un siseo por el dolor agudo.
—¿Estás herida? —preguntó Alberto, frunciendo el ceño mientras la soltaba. Su mirada se clavó en la mano cubierta de sangre.
Miranda no respondió. Lo fulminó con los ojos enrojecidos, irradiando puro rechazo y fastidio.
—Sube a mi camioneta, te llevo a la clínica. Mi equipo se encargará de lo demás —ordenó con un tono que no admitía réplicas.
—No hace falta. La culpa fue mía, cubriremos los daños por medio de los seguros —respondió ella, con una sonrisa fría y distante en su impecable rostro—. Un asuntito como este no requiere la atención del Ministro Serrano.
Alberto la observó con hielo en la mirada.
El viento volvió a soplar. El tráfico, ya de por sí pesado, se volvió un caos. Un oficial de tránsito no tardó en llegar para despejar la zona, mientras los cláxones empezaban a sonar en cadena a sus espaldas.
Un uniformado se acercó y, con evidente respeto, hizo una ligera reverencia: —Una disculpa por la demora, Ministro Serrano. Ya está todo arreglado, puede retirarse.
Él soltó un ligero murmullo de afirmación, en el que no se percibía ni un ápice de emoción.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Verdad No Sangra, Pero Yo Sí