Varios helicópteros negros surcaron el cielo, acercándose a un grupo de edificios residenciales. Desde lo alto, descendieron cuerdas gruesas, y en cuestión de segundos, varios agentes vestidos de negro y con movimientos ágiles bajaron rápidamente por los cordones, uno tras otro.
En el complejo, todo era puro caos. Nadie se fijó en esos desconocidos que, como sombras, se colaron silenciosamente entre la confusión.
Melisa se mantenía de pie en la puerta del helicóptero, sujetando con firmeza un par de binoculares, observando a distancia cómo se desarrollaba el enfrentamiento. Solo cuando vio que su equipo ya había penetrado en los edificios para rescatar a los rehenes, giró el visor hacia un edificio apartado, lejos del foco de la batalla: una vieja fábrica, a medio ocultar por la maleza.
Entrecerró los ojos, dio la orden para acercarse al laboratorio y, sin titubear, se lanzó con un salto preciso. Su figura delgada y ágil se perdió enseguida al internarse en la nave industrial.
Dentro de la fábrica reinaba una calma extraña. Algunos vigilantes aún deambulaban, cumpliendo con desgano su turno.
Bastó una ráfaga de humo adormecedor para que todos cayeran al piso, como si les hubieran apagado el interruptor. Quedaron tirados, inconscientes.
Desde las sombras, Melisa emergió con paso firme. Ni siquiera dedicó una mirada a los cuerpos tendidos en el suelo; simplemente los sobrepasó y siguió directo al fondo del lugar.
Se topó al fin con un laboratorio amplio, mesas largas repletas de frascos y botellas de todos los tamaños. Sin perder tiempo, Melisa buscó entre los estantes, revisó cada rincón, pero no halló el lote de sustancias que necesitaba.
Con la mirada aguda, recorrió todo el laboratorio y sus ojos se detuvieron en una computadora, abandonada en una esquina.
En ese instante, afuera de la fábrica, se escuchó el estruendo de una alarma y el sonido de sirenas. En su audífono inalámbrico, la voz ansiosa de Águila irrumpió en su concentración.
—Jefa, ya rescatamos a la gente, estamos listos para salir. ¿Dónde estás?
—Cinco minutos.
Melisa corrió hacia la computadora, apoyó ambas manos en el teclado y comenzó a teclear a toda velocidad.
De pronto, afuera, los pasos apresurados de muchos hombres resonaron, acercándose cada vez más al laboratorio.
—¡Bip! —contraseña desbloqueada.
En la pantalla, una avalancha de datos apareció ante los ojos de Melisa. Su expresión se endureció al leer la información.
—¡Alto ahí!
La puerta del laboratorio se abrió de una patada. Un grupo de hombres armados irrumpió, disparando a mansalva.
Cuando el humo y el polvo se disiparon, el laboratorio era un desastre. No quedaba rastro de la intrusa.
Un sujeto fornido, con una cicatriz prominente en el rostro, fue directo a la computadora. Toda la información había desaparecido. En la pantalla, solo titilaba una frase:


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