Subieron en el elevador privado directo a la cima. A través de las paredes de cristal, podían ver el bullicio incesante de Valle Dorado.
Silvia no dejaba de exclamar de asombro.
Incluso Andrés tenía los ojos bien abiertos, observando cómo el cielo se oscurecía y tratando de identificar los gigantescos edificios que se alzaban entre las sombras.
Clara mantenía la vista fija en la imponente Torre Capital que se erguía justo enfrente.
El elevador se detuvo en el piso 99. Desde allí, tenían una vista perfecta del exclusivo Restaurante El Mirador, resplandeciente bajo las luces de la noche.
Parecía que había una fiesta exclusiva. Gente elegante, copas de cristal, un ambiente lleno de vida y lujo.
Pero pronto, ese lugar sería desalojado.
Todo el salón se llenaría de rosas blancas traídas directamente desde París.
Una cena íntima a la luz de las velas, donde Vicente y Paulina se mirarían con profunda devoción.
Ese era el clímax romántico diseñado para los protagonistas.
Y ella... solo sería el obstáculo trágico que arrastraría a Andrés al desastre.
—¿Mamá?
Una voz dulce la sacó de sus pensamientos, acompañada de un tirón en la manga de su blusa.
Clara parpadeó y se dio cuenta de que ya habían llegado.
Al salir del elevador, vieron a Vicente caminando hacia ellos desde el final del pasillo.
—¡Papá...!
Solo había pasado un día desde la última vez que se vieron, pero Silvia gritó como si hubiera pasado una eternidad y corrió a abrazarlo.
Vicente la levantó en el aire, tomó a Andrés de la mano y esperó a que Clara se acercara para caminar todos juntos hacia la oficina.
El lugar estaba inundado por un aroma delicioso.
Sobre la mesa de centro descansaba una elegante cena para cuatro que aún humeaba.
Junto a ella, habían colocado dos pequeñas sillas, una blanca y otra rosa. Quién sabe de dónde las habrían sacado los prodigios del departamento de secretarias.
Se lavaron las manos y se sentaron.
Clara abrió la caja y el dulce aroma de las tartaletas recién horneadas llenó el aire.
—Papá, yo puse la masa y Andrés sirvió el relleno... El abuelo dijo que, en resumen, Andrés y yo hicimos todo el trabajo.
Vicente sonrió mientras tomaba una tartaleta.
Silvia lo miró con expresión seria y preguntó:
—Papá, ¿qué significa «en resumen»? ¿Por qué se dice así?
Los niños crecían y ya no era tan fácil engañarlos. Clara se pasaba los días enfrentando los millones de «porqués» de Silvia y, tras inventar cualquier disparate, tenía que soportar la mirada analítica de Andrés que parecía decir: Te observo inventar mentiras y me callo por compasión.
Era agotador.
Vicente sintió que la tartaleta se le amargaba un poco en el estómago.
—¿No dijiste que te quedarías con papá?
Se miraron a los ojos. Uno con reproche, el otro con resignación.
Después de un largo silencio, Andrés suspiró.
—Está bien.
Al fin y al cabo, el fin de semana no tendría clases, y el abuelo había prometido llevarlos a pescar.
Una mano grande tomó una pequeña y salieron de la oficina.
¡Clic!
Las luces del despacho se apagaron.
Mientras avanzaban hacia el elevador, la iluminación del pasillo también se desvaneció gradualmente.
Cuando las puertas del elevador se cerraron, Vicente alzó la vista y, por un segundo, su mirada se encontró con el brillante Restaurante El Mirador frente a ellos.
—¡¡¡Vicente!!!
Ese grito desgarrador hizo eco en lo más profundo de su mente.
La sangre de Vicente se heló.

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