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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 115

El precio inicial de ese rosario era de 500 mil.

Si Paulina había saltado directo a dos millones, estaba claro que lo deseaba con locura.

El interés en los ojos de Clara se desvaneció un poco.

Por mucho que le gustara un objeto, no tenía ninguna intención de pelear por él con Paulina.

Menos en ese momento.

Quienes la conocieran, sabrían que pujaba porque le gustaba.

Quienes no, pensarían que lo hacía por puro despecho hacia la otra mujer.

Clara apartó la mirada.

Vicente también desvió los ojos de la pantalla.

—¿Te gusta?

—Más o menos... —respondió ella con tono apático—. Tampoco me vuelve loca.

En el pasado, la Clara histérica y caprichosa resultaba agotadora; pero ahora, esa Clara serena y desinteresada lograba irritarlo de una manera inexplicable.

Vicente apretó los dientes.

—¿No fuiste tú quien dijo que lo que se roba sabe mejor?

¿Ella había dicho eso?

Clara lo dudaba muchísimo. Le lanzó una mirada de total pereza.

—Solo las cajas de cartón viejas en la basura provocan peleas. Las cosas que de verdad valen la pena esperan a quien sepa valorarlas. ¡A ver si aprendes algo!

Mientras hablaban, las pujas no se detenían y el precio ya había alcanzado los cinco millones.

Paulina apretó la paleta con fuerza.

Esa sería su última oferta. Por mucho que le gustara la pieza, no valía más que eso.

Pero alguien superó su cifra de inmediato.

—¡Cinco y medio!

—¡Seis millones!

—...

—¡Seis millones a la una!

—¡Seis millones a las dos!

Con el rostro lleno de frustración, Paulina se recostó contra el respaldo, dándose por vencida.

Estaba a punto de ver cómo el martillo caía por tercera vez.

—¡Diez millones!

Una voz profunda y magnética resonó en la sala, acompañada por el leve gesto del dedo de Vicente.

Los ojos del subastador brillaron de emoción.

—¡Diez millones! ¿Alguien ofrece más?

—¡Doce millones! —respondió alguien desde el fondo del salón.

—¡Doce millones a la una!

—¡Doce millones...

—¡Veinte millones!

El martillo cayó y el subastador sonrió ampliamente hacia Vicente.

—¡Felicidades!

En el pecho de Paulina, el corazón galopaba desenfrenado.

Sentía que latía a mil por hora, descontrolado.

Miró a Vicente con una devoción casi obsesiva.

De joven, él siempre había sido distante y solitario, pero si ella miraba atrás, él siempre estaba ahí.

Cinco años después, el hombre era mucho más maduro, pero también más inalcanzable, imponente y autoritario.

Con Clara sentada a su lado, había gastado una fortuna para conseguir el rosario que ella quería. ¿Qué pensaría su esposa de todo eso?

¿Y qué pensarían los demás?

Sintiendo que en cualquier segundo Clara estallaría y saldría corriendo indignada, a Paulina le sudaban las manos de la emoción.

Estaba eufórica.

Y de pronto, una sombra se movió.

Tal como esperaba, Clara se levantó y caminó hacia la salida.

Una estela de perfume flotó en el aire. Desde la oscuridad, la mirada lasciva de Rodrigo recorrió el perfil de Clara, descendiendo lentamente hasta clavarse en esa cintura diminuta que parecía poder romperse con una sola mano.

Cuando la vio antes con ropa informal, le había parecido una tentación irresistible.

No imaginaba que pudiera ser todavía más seductora.

Sintiendo que la sangre le hervía, Rodrigo miró de reojo a Vicente, que permanecía impasible en su asiento, y se levantó para ir tras ella.

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