Al salir del baño, Clara se encontró de frente con aquel hombre enorme.
—¿Tú eres Segundo
—Para servirle, señora. Soy Noveno.
¿Tan rápido había bajado de Segundo a Noveno?
Clara lo miró con curiosidad.
—¿No tienen mujeres en el equipo? ¿Puedo cambiar a Segundo por una guardaespaldas?
Noveno la miró horrorizado.
—Señora, ¿ Segundo cometió algún error?
Clara entrecerró los ojos.
—¿Solo puedo pedir un cambio si alguien comete un error?
—¡Sí!
—Y supongo que si cometen un error, los castigan, ¿verdad?
—Así es.
—... —Clara suspiró—. Haz de cuenta que no dije nada.
Mientras caminaba de regreso al salón, sentía una mirada pesada y pegajosa clavada en su espalda.
Al llegar a la puerta, se giró bruscamente.
El pasillo estaba completamente vacío.
—Señora, ¿sucede algo?
—Nada.
Clara se dio la vuelta y volvió a su asiento.
Paulina jamás pensó que Clara tuviera la cara tan dura como para tragar su orgullo y regresar como si nada.
Pensar que en el futuro de ella y de Vicente estaría siempre esa exesposa insistente e insoportable, como un chicle pegado al zapato...
En la oscuridad, Paulina frunció el ceño con disgusto.
La subasta terminó a las nueve de la noche.
Además del rosario, Vicente también había comprado el jarrón de porcelana esmaltada.
Paulina lo sabía: Vicente seguía siendo el mismo de siempre, y sus palabras aún tenían peso en su corazón.
Su celular sonó; era la señora Quezada, su madre, preguntándole por qué no había regresado a casa.
Para cuando Paulina terminó la llamada y volvió a entrar, el salón de subastas ya estaba vacío.
A lo lejos sonaba una suave melodía de violín, y Paulina salió corriendo hacia el vestíbulo principal.
—Señor Velasco, aquí tiene los artículos. ¡Me retiro para no hacer mal tercio!
Liana le entregó a Vicente una pequeña caja de madera de palisandro y se despidió.
Vicente la abrió, sacó el rosario imperial, tomó la mano de Clara y se lo deslizó por la muñeca.
Cuando le puso el rosario, esos vibrantes tonos de rosa y verde brillante parecieron darle vida y color al aura etérea e inalcanzable que la rodeaba.
Era imposible apartar la vista de ella.
Parecía una pieza hecha exactamente a su medida.
Vicente le sujetó la muñeca, deslizó el rosario y lo depositó en su palma.
—Además de ser una joya, es un rosario; está hecho para tenerlo en las manos...
Pero Clara no tenía paciencia para eso.
Lo jugó entre los dedos un par de segundos, se aburrió y, agarrando un par de cuentas, sugirió:
—Si lo ajustamos, quedaría perfecto... Si le quito estas piezas, podría armarle una pulserita a Silvia, ¿verdad?
¡Un rosario de veinte millones y encima una antigüedad!
Y ella hablaba de desarmarlo como si nada.
Pero esa manera tan casual y doméstica de hablarle era una experiencia completamente nueva en todos los años que llevaban juntos.
Vicente finalmente comprendió el sentimiento de consentir sin reservas.
—Haz lo que quieras... mientras seas feliz.
En ese momento, las puertas del salón se abrieron y una brisa nocturna los acarició.
Vicente levantó la vista casualmente y se topó con los ojos llorosos de Paulina, que estaba de pie al otro lado.

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