Mauricio y su grupo estaban caminando por el residencial. Selena apuró el paso y pronto los alcanzó.
—Papá, mamá, ¿dónde está mi hermano?
—Allá... —señaló Mauricio a lo lejos.
Junto a los jardines, un adulto y una niña estaban maullando, y desde los arbustos, una vocecita suave y rasposa les respondía con otro maullido.
Selena apartó la mirada, tomó a Yolanda del brazo y dijo:
—Mamá, Clara me comentó que quiere ir a ver las casas de Residencial Monte Nube. ¿Quieren venir con nosotras?
¿Qué?
Yolanda, que no podía olvidar la mirada hostil que había presenciado al abrir la puerta, se sintió confundida.
—Ella está muy cómoda viviendo aquí, ¿para qué quiere ir a ver casas?
Además, todavía tenía la Mansión de la Colina.
Selena negó con la cabeza.
—Tal vez... aún tiene la esperanza de vivir con Andrés.
—¡Entonces iremos a verlas! —decidió Mauricio con firmeza—. Mañana iremos todos. Si el diseño y la vista nos gustan, compraremos una para mudarnos. ¡Así Selena también podrá regresar a vivir con nosotros!
—¡Sabía que mi papá es el que más me consiente!
dijo Selena con un tono meloso.
—¡Miau!
—¡Miau!
Risas contagiosas se mezclaban con los maullidos.
Clara salió de la recámara justo cuando se abrió la puerta de la entrada. El grupo que había salido a caminar estaba de regreso.
—¡Mamá, mamá, mira! —Silvia era, por mucho, la más emocionada de todos—. Mi tío y yo encontramos un gatito.
Camilo dio un paso largo hacia adentro, sosteniendo a un gatito naranja con rayas blancas.
Sujetado firmemente por la nuca, el gatito chillaba con desesperación. En cuanto lo soltaron en el piso, se escabulló e intentó esconderse bajo el sofá.
Pero Camilo fue más rápido y lo atrapó de nuevo.
—¡Tío! —protestó Silvia, inflando las mejillas.
Camilo caminó hacia el invernadero con el gatito en la mano.
—Lo dejaremos en una jaula esta noche. Mañana lo llevaremos al veterinario para asegurarnos de que no tenga parásitos. Si todo está bien, le daremos un buen baño y podrás dormir con él.
—¡Sí! ¡Viva mi tío!
Mientras conducía en la oscuridad, Clara se detuvo en un semáforo en rojo y de pronto cayó en cuenta.
¿Y el doctor?
Si Andrés tenía fiebre, la primera reacción de Vicente debió haber sido llamar al médico de la familia, ¿no?
Su mente dudaba entre si él lo estaba haciendo a propósito, usando a su hijo para dar lástima, o si genuinamente estaba en pánico por la preocupación.
La luz cambió a verde y Clara suspiró.
¡Da igual!
Asumiría que este viaje nocturno era parte de su proceso para limpiar su imagen.
Al fin y al cabo, seguía siendo su hijo.
Estacionó el coche en la entrada y corrió hacia el interior de la casa. El aire tenía un ligero olor a desinfectante.
Al llegar a la habitación principal del segundo piso, encontró a Vicente y al médico.
En la cama grande, Andrés yacía con los ojos cerrados, sin energía, muy distinto a la vitalidad que había mostrado durante el día.
—Andrés, mamá ya está aquí.
Con esa frase, Andrés abrió los ojos. En su carita enrojecida por la fiebre, sus ojos oscuros brillaban con intensidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL