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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 147

—Mamá... —la voz de Andrés sonaba débil y suave.

Pero al escucharlo, Clara sintió una punzada aún más fuerte en el pecho.

Porque, parpadeando despacio, el niño agregó:

—No te preocupes, no me siento tan mal.

¿Cómo no iba a sentirse mal estando enfermo?

Incluso los adultos quieren fingir que están al borde de la muerte para no ir a trabajar cuando tienen fiebre, ni qué decir de un niño pequeño.

El corazón de Clara se derritió por completo.

—Entonces mamá se quedará contigo. Vamos a dormir un rato, ¿de acuerdo?

Tras acariciarle la frente, Clara se dirigió al baño.

Al salir, usó una toalla húmeda para limpiarle las manitas, la cara y las axilas a Andrés, y luego se recostó a su lado.

—Señor Velasco, señora, el niño no tiene ninguna infección viral, lo más probable es que solo se haya resfriado. Dele el medicamento y manténgalo en observación. Es normal que los niños se enfermen de vez en cuando; solo cuídelo bien estos próximos días.

—Gracias por venir.

Vicente acompañó al médico hasta la puerta.

Al regresar, se detuvo en el umbral de la habitación.

La luz cálida de la lámpara de pie iluminaba suavemente el espacio.

Clara estaba recostada de lado, dándole palmaditas en la espalda a Andrés mientras le contaba un cuento.

—... y con Winnie vivía su mejor amigo, un gatito llamado Wilbur. El problema era que Wilbur también era completamente negro, igual que su casa, y eso traía muchos problemas...

—Mamá, yo también quiero un gatito.

—Eh... —Clara dudó un instante antes de responder—. Tengo una buena y una mala noticia. ¿Cuál quieres escuchar primero?

—La buena noticia.

—Tu deseo ya se hizo realidad.

—¿Tengo un gato? Entonces... ¿cuál es la mala noticia?

—Que Silvia y tu tío lo encontraron primero. Silvia se te adelantó un poco con lo del gatito.

—Ah.

No se notaba si estaba decepcionado o si no le importaba, pero era evidente que, al saber que pronto tendría un gato, su ánimo había mejorado muchísimo.

Vicente se dio la vuelta y se alejó.

Sus pasos se desvanecieron escaleras abajo.

Clara inclinó la cabeza y juntó su frente con la de Andrés. Tal como sospechaba, la fiebre ya había bajado.

—Cuando me recupere, ¿te vas a ir?

Asombrada por su perspicacia, Clara extendió los brazos y lo abrazó.

—¡Pero si nos vemos todos los días!

—¡Pero pobre papá!

—...

Clara pensó que Vicente se lo tenía merecido.

Antes de que pudiera decir algo, se escucharon pasos. Vicente, vestido con ropa de estar en casa azul marino y envuelto en un fresco aroma a limón húmedo, se acercó y se recostó del otro lado de Andrés.

El niño abrió un ojo para mirarlo y, visiblemente más contento, volvió a acomodarse.

Clara sintió que le tocaban el brazo y levantó la vista.

Vicente le hizo un gesto con la cabeza.

—Ve a bañarte, yo me quedo con él.

—Está bien.

Clara se levantó y bajó a la habitación principal del primer piso.

Una enorme cama de dos metros flotaba en el centro del dormitorio, combinada con un juego de sábanas azul marino que acentuaba el ambiente frío de la habitación.

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