—¡Qué generoso es usted, señor Velasco! —Camilo se alejó un par de pasos y respondió con tono irónico—. Incluso a punto de divorciarse sigue intentando quedar bien con sus suegros. ¡Todos los hombres de la alta sociedad deberían aprender de usted!
—Me halagas demasiado —respondió Vicente, siguiéndole el juego—. O pagas trescientos cuarenta millones, o pagas los seiscientos ochenta tú solo. Tú decides, presidente Soler.
Detrás de sus lentes de montura plateada, la mirada de Camilo se volvió gélida.
Por mucho dinero que tuviera, no estaba como para tirar ochenta millones a la basura así como así.
Evidentemente, ese era un movimiento clásico de Vicente.
Camilo jamás imaginó que por intentar proteger a Clara terminaría atrapado en la trampa de Vicente. Soltó un frío «entonces, gracias, señor Velasco» y colgó.
El teléfono sonó de nuevo.
Clara frunció el ceño y contestó.
—¿Qué quieres ahora?
—Acabo de hacer por ti lo que querías hacer y no te dejaron...
Clara sintió una mezcla de sorpresa y alegría, pero al voltear vio el rostro irritado de Camilo.
Justo cuando empezaba a sonreír, la voz de Vicente sonó del otro lado:
—¿No piensas darme las gracias?
—... Gracias, señor Velasco —Clara le siguió la corriente con rapidez—. ¡Es usted muy generoso!
—Dime algo que suene mejor.
¿Acaso llamarlo generoso no era suficiente?
Clara arrancó una hoja seca de una planta y la tiró al basurero.
—¿Qué quieres escuchar? Dame un rato y te escribo un ensayo de ochocientas palabras elogiándote sin repetir un solo adjetivo.
—No hace falta un ensayo... —Vicente parecía estar de excelente humor—. Con que me digas algo lindo es suficiente.
¡Maldito manipulador!
¿Acaso no tenía suficiente carga de trabajo en la oficina?
¡Todavía tenía tiempo para estar coqueteando con ella!
Recordando esos titulares sensacionalistas de noticias como: «Una sola frase hizo que un hombre gastara millones por mí», Clara afinó la voz y soltó:
—¡Gracias, mi amor!
Tres palabras hicieron que un hombre me ahorrara trescientos millones.
¡Soy la mejor!



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