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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 159

—¿Cómo es estar enamorado?

Si no fuera por la expresión tan seria de Vicente, Lucas habría pensado que le estaba tomando el pelo.

Lucas se rascó la cabeza.

—¿Y yo qué voy a saber?

Había vivido veintisiete años y nunca se había tomado el esfuerzo de conquistar a una mujer en serio.

Las bellezas grandes o pequeñas que lo rodeaban hacían el trabajo por él. Si él les dedicaba más de dos miradas, o ellas se lanzaban solas creyéndose irresistibles, o algún amigo adulador hacía de celestino y todo fluía naturalmente.

Si se ponían rebeldes, a la tercera rabieta se hartaba; si eran demasiado dóciles, a las pocas semanas se aburría.

Desde que cumplió la mayoría de edad, jamás le habían faltado mujeres.

Y en ese preciso instante, Lucas se dio cuenta de que él tampoco tenía ni idea de cómo era el amor verdadero.

—Pero de algo estoy seguro: si de verdad te estuvieras divorciando, no estarían actuando así —sentenció Lucas.

Sin siquiera mencionar los melodramas de telenovela donde todos terminan odiándose.

Tan solo en su círculo de amigos, ¿qué pareja en proceso de divorcio no terminaba en un desastre caótico y lleno de resentimiento?

Decir que se volvían enemigos a muerte no era una exageración.

En cambio, Vicente y Clara se estaban divorciando en absoluta paz. El niño se enferma y la exesposa se muda a cuidarlo, mientras Vicente camina como si tuviera el alma en un hilo.

Lucas nunca había visto, ni mucho menos escuchado, algo parecido.

Vicente frunció el ceño, pensativo, y le lanzó otra pregunta.

—¿Alguna vez, cuando estás aburrido, has pensado en alguien? ¿O ves unas flores en la calle y piensas en llevárselas a una persona en especial?

¿Qué?

¿De qué demonios estaba hablando?

Lucas se desesperó aún más.

—Si estás aburrido, la llamas para salir a divertirse y ya, ¿no? ¡La acción habla más que las palabras! ¿Para qué te quedas pensando en ella?

Y eso de las flores en la calle... ¡Por favor!

¿Acaso él, el gran Lucas, era un tacaño miserable?

Si una chica le decía que le gustaban las flores, le compraba la floristería entera o le mandaba un ramo importado por aire todos los días; todo con un simple chasquido de dedos.

¿Para qué iba a recoger unas floruchas baratas de la calle?

¡Eso era un chiste!

Lucas simplemente no lo entendía.

Al ver que sus preguntas caían en saco roto, Vicente le lanzó una mirada de soslayo.

—¡Entonces espero que a tus veintiocho años por fin puedas tener un romance de verdad con una mujer que te guste!

Le dio unas palmadas en el hombro, le soltó esa extraña felicitación y se marchó en su auto.

Al entrar al estacionamiento subterráneo y ver el Cullinan blanco, Vicente sintió que el alma le volvía al cuerpo: Clara no se había ido.

Vicente se levantó de la cama, preparó la dosis entre murmullos, le devolvió a su pequeño «horno portátil» a los brazos y se fue a dormir al otro lado de la cama.

Al abrir los ojos de nuevo, ya era pleno día y el otro lado de la cama estaba vacío.

Andrés ya había comenzado su clase.

Lo que sorprendió a Clara fue que, pasadas las nueve de la mañana, Vicente seguía en la casa.

—¿No vas a la empresa?

—Están remodelando la azotea, hay mucho ruido en el último piso. Así que la oficina de presidencia se trasladará a una planta inferior —le explicó Vicente con paciencia—. Para mí es igual trabajar desde casa.

A Clara le brillaron los ojos.

Vicente adivinó lo que estaba pensando.

—Andrés preguntó por ti en su descanso hace un rato.

¡Maldición! O sea que no puedo dejarlo botado e irme.

Clara lo fulminó con la mirada y se fue a la cocina a buscar algo de comer.

Sonó su celular, mostrando un número desconocido en la pantalla.

Clara contestó.

Del otro lado se escuchó una voz tan entusiasta que rayaba en la adulación.

—Señora Velasco, muy buenos días. Soy de la agencia inmobiliaria. La señorita Paulina nos informó que ya llegaron a un acuerdo y solo falta el trámite de traspaso. ¿Cuándo le viene bien que nos reunamos para firmar?

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