Vicente llegó a casa a las cinco de la tarde.
La casa estaba completamente en silencio.
—¿Clara? ... ¿Andrés?
No había nadie en la sala de cine.
Tampoco en el estudio del segundo piso.
De pie frente al barandal, recorriendo con la vista la sala de estar que lucía tan impecable como una casa muestra, Vicente sintió de pronto un profundo desgano.
Sin el «demonio» armando escándalo en su cueva, el lugar se sentía como una caverna ruinosa llena de telarañas.
Sonó su celular.
Al otro lado de la línea, la voz de Lucas sonó apagada y sin vida.
—Amigo, me rompieron el corazón.
Vicente dejó escapar una risa fría.
—¿Cuándo empezaste a salir con alguien como para que te lo rompieran? ¿Acaso terminaron antes de empezar?
¡Maldición!
¿Tenía que meter el dedo en la llaga?
En un área privada de una vinatería, Lucas estaba recargado sobre el reposabrazos del sofá, mirando el techo y murmurando:
—Amigo, creo que ya sé lo que se siente estar enamorado.
Los pasos de Vicente se detuvieron y dio media vuelta para bajar las escaleras.
—Espérame ahí...
La llamada terminó, Lucas arrojó el celular a un lado y las imágenes pasaron por su mente como una película.
No era la primera vez que se fijaba en ella.
La primera vez que la vio, era la seguidora de Mónica Galván. Cuando la arrogante señorita Mónica le ordenó servirle agua, ella obedeció sumisamente, pero en cuanto se dio la vuelta, le vació una cantidad brutal de jugo de limón en el vaso.
La siguiente vez que la vio, se había convertido en la segunda señorita de la familia, la hija ilegítima de los Galván.
Mónica la humilló frente a un montón de gente, casi señalándola con el dedo para decirle: Tu madre es una trepadora descarada y tú eres una bastarda sin vergüenza, pero ella mantenía una sonrisa en el rostro, como si no captara el veneno en las palabras de Mónica.
Luego, en el jardín, la vio en cuclillas frente a una maceta, picoteando con enojo un diente de león: No es tu culpa, ¿por qué te inclinas? ¡Tienes que mantenerte firme!
Lucas no sabía exactamente cuándo se le había acelerado el corazón, solo sabía que cuando ella estaba presente, él siempre se quedaba hasta tarde.
Pensando en que las chicas suelen ser tímidas, anoche había esperado a que casi no hubiera gente para declarársele.
No hubo sorpresa.
Y mucho menos conmoción.
Gala Galván, con expresión glacial, le dijo:
—Señor Ayala, creo que tomaste de más.
Él se quedó atónito.
Ella dio media vuelta para irse.
—Busca a otra para tus jueguitos, ¡no me interesa!


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