—Así mamá se quedaría en Residencial Los Olivos.
Vicente endureció el rostro.
—Mentir está mal.
—Entonces, ¿por qué no me desmentiste cuando dije que te sentías mal?
—...
Vicente jamás imaginó que llegaría el día en que sería menospreciado por su propio hijo de cuatro años.
Cuando el Cullinan se detuvo frente a la mansión de los Soler, Clara se bajó y vio a Camilo de pie frente a la puerta, con las manos en los bolsillos.
Parecía estar esperándola.
—Hermano...
Clara bajó del auto.
Camilo se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz y se acercó a ella.
—La próxima vez que regreses tan tarde, avísame para ir a recogerte.
—No es necesario... —sonrió Clara—. Con el trabajo que tienes todo el día en la empresa ya terminas exhausto. Además, eres mi hermano, no mi guardaespaldas.
La casa estaba en completo silencio, parecía no haber nadie.
Camilo se apresuró a explicar:
—Mamá y papá salieron a caminar, y la señora Tere se llevó a Silvia a bañar y la acostó a dormir.
—Voy a echarle un vistazo. —No quería hacer diferencias entre sus hijos, así que Clara subió a la habitación de los niños en el segundo piso.
Clara llevaba impregnado un fuerte olor a comida rápida.
El guardia de seguridad del fraccionamiento le había comentado a Camilo que el Cullinan de la familia estaba estacionado en la calle, con el motor apagado y vacío, y preguntó si necesitaban ayuda.
Sumando eso al horario en el que Vicente había pasado a recoger a Andrés...
Camilo esbozó una sonrisa astuta.
¡Este señor Velasco realmente sabe aprovechar cada pequeña oportunidad!
—Clara...
Después de asegurarse de que Silvia estaba dormida, Clara volvió a su habitación. Apenas cerró la puerta, alguien tocó.
Al abrir, se encontró con Camilo, quien le entregó un vaso de leche.
—A finales de diciembre tenemos la asamblea anual de accionistas. Ese día, te presentaré oficialmente ante los socios de la empresa. Quería avisarte con tiempo.
—Duerme bien, ¡buenas noches!
Dicho esto, Camilo se dio la vuelta y subió las escaleras.
La casa se sumió en el silencio. Oculta tras la puerta del balcón en la sala del primer piso, el rostro de Selena estaba lívido.
Había sido la señorita Soler durante veinte años y, al graduarse de la universidad, solo había conseguido un puesto de gerente administrativa en la empresa familiar.
Hasta ahora, solo poseía un miserable cinco por ciento de las acciones del Grupo Soler.
Y cada fin de año solo recibía unos cuantos millones en bonos.
Había creído que, como ambos eran adoptados, él la querría y apoyaría más a ella.
Nunca imaginó que, en cuanto Clara regresara, ella se convertiría en un peón desechable.
Al pensar que los ojos y el corazón de Camilo solo tenían espacio para Clara y que todo lo que él hacía era dándole prioridad a ella...
A Selena se le inyectaron los ojos de sangre, consumida por la envidia.
[¿Puedes hacerlo o no? ¡Si no, buscaré a otro!]
Envió el mensaje por WhatsApp, y la respuesta llegó al segundo.
[Q: Solo espera. ¡En menos de tres días estarás más que satisfecha!]

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