Vicente no se sentía mal.
Pero cuando su hijo, que siempre era tan serio y estricto, decía que él estaba enfermo, ya fuera por proteger su pequeña autoestima o por validar ese raro momento de ternura infantil, Vicente no podía desmentirlo.
—... Tengo malestar estomacal —dijo.
La regla inquebrantable de que nueve de cada diez presidentes corporativos sufren de gastritis siempre se cumple.
Clara lo miró con escepticismo, analizando su rostro que no mostraba el más mínimo signo de enfermedad.
—¿Ya llamaste al doctor?
Vicente negó con la cabeza.
—Me empezó a doler en el camino hacia acá.
—¿Qué síntomas tienes?
—No cené, y siento indigestión.
Cuando se trataba de pediatría (resfriados, fiebre, tos o dolores de estómago de los niños), ella se había devorado varios libros y ya sabía cómo manejar casi cualquier situación con sus dos hijos.
Pero sobre problemas estomacales, especialmente en un adulto como Vicente, Clara no tenía la más mínima idea.
Como cada cosa le corresponde a los expertos, Clara sugirió:
—¿Qué tal si vuelves y le preguntas a tu médico qué puedes tomar?
De todos modos no sentía dolor, solo era indigestión. No se iba a morir por eso.
Clara le acarició la cabeza a Andrés.
—Mañana mamá no saldrá. Te esperaré en casa para jugar, ¿te parece?
Cuando intentó retirar la mano, Andrés la sujetó con fuerza.
—Mamá, acompáñanos a llevar a papá a comer algo. ¿Y si de verdad se siente mal solo porque no ha cenado?
Pero si acaba de decir que es... indigestión.
—Además, yo también tengo un poquito de hambre.
Con esa simple frase de Andrés, Clara cedió de inmediato.
—¿Qué se te antoja? ¿Sopa de res o arroz frito?
—Quiero ir a KFC.
—...
Diez minutos después, Clara llevaba a Andrés de la mano, seguidos por Vicente, y los tres entraron al local de KFC.
Andrés comía papas fritas y panecillos dulces.
Vicente miró el vaso de Coca-Cola frente a él y luego miró a Clara, con una expresión que decía claramente: ¿Estás segura?
Clara agitó su celular frente a él.
—La inteligencia artificial dice que la Coca-Cola ayuda con la indigestión.
Vicente no estaba muy convencido.
El Cullinan aceleró perdiéndose en la oscuridad de la noche.
El Maybach dio la vuelta y salió del complejo.
A través del espejo retrovisor, Vicente miró a Andrés en el asiento trasero.
—¿Por qué no pediste tus fideos especiales?
Andrés levantó la vista y lo miró.
—Si mamá regresaba a la casa del abuelo a cocinarlos, ¿hubieras tenido el valor de entrar y comértelos?
Vicente: ...
Mauricio y Yolanda habían salido a caminar.
Pero cada frase que soltaba Camilo llevaba cuchillos escondidos.
Vicente no dudaba ni por un segundo que, si se atrevía a seguir a Clara dentro de la mansión Soler, Camilo le diría cosas mucho peores y lo humillaría sin piedad.
Andrés lo miró con su carita llena de decepción.
—Cuando mamá te preguntó si ya te sentías mejor, ¿por qué le dijiste que sí?
—Yo... —No podía seguir fingiendo que estaba enfermo, ¿verdad?
Vicente intentó explicarse, pero Andrés lo interrumpió con tono de reproche:
—¿Por qué no te esfuerzas un poco más y te enfermas por varios días seguidos como yo?

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