Vicente rio por lo bajo. El sonido rasposo resonó en sus oídos, y Clara, por instinto, alejó un poco el teléfono. Se hizo un silencio de ambos lados. Cuando Vicente volvió a hablar, su voz era aún más grave.
—Clara, el restaurante que pusiste en primer lugar en la lista... ¿qué te parece si vamos juntos para tu cumpleaños?
Clara se quedó paralizada y casi de inmediato comprendió a qué se refería.
Él no quería dejarla de lado.
Al igual que esa mañana en la azotea, le estaba diciendo que ella siempre tendría un lugar especial en su vida.
Había planeado un campamento hermoso para sus hijos, así que, ¿cómo iba a olvidarse de la madre de ellos?
Seguro pensaba que ella había incluido todos esos lugares para pedir matrimonio buscando indirectamente un momento romántico para sí misma.
¡Un pequeño grito de desesperación se ahogó en su mente! Pero, por fuera, Clara mantuvo la calma.
—¡No es necesario!
Su cumpleaños era en noviembre, y para entonces, ya habrían firmado los papeles del divorcio, mientras él y Paulina disfrutarían de su naciente romance.
Si las cosas avanzaban rápido, en noviembre tal vez ya estarían casados o esperando un bebé. ¿Qué sentido tendría que él celebrara el cumpleaños con ella? Clara lo rechazó sin dudar.
—No me gusta celebrar mi cumpleaños.
Vicente hizo una pausa.
—A mí tampoco me gusta celebrar el mío.
¿Qué mosca le había picado para buscar puntos en común a esas horas de la noche?
—Entonces nos quedamos con el campamento, aprobado por unanimidad —dijo Clara mirando la hora, ya eran casi las diez de la noche—. Ya es tarde, deberías ir a dormir.
—De acuerdo, cuelga tú. ¡Ahora no tengo las manos libres!
El sonido del agua cayendo acompañó su voz.
En la mente de Clara, la imagen del apuesto hombre bajo la ducha apareció con lujo de detalles. Casi podía ver el agua resbalando por su rostro, recorriendo su pecho y bajando por su abdomen marcado.
¡Pip!
Clara colgó el teléfono a la velocidad de la luz.
Su corazón latía a mil por hora.
Se tocó las mejillas y, efectivamente, estaban ardiendo.
Regañándose a sí misma por ser tan débil, apagó la luz y trató de dormir.
—Dios protege a los buenos, ¡la abuela estará bien!
Vicente asintió, apretó su mano con fuerza y ambos entraron al inmenso patio central.
Aunque era la hora más oscura de la madrugada, el lugar estaba lleno de gente. Todos los descendientes de la familia en Valle Dorado habían acudido.
Al ver a Vicente y Clara, la multitud se apartó para abrirles paso.
La cortina de la habitación se levantó y Gabriela salió, sosteniendo del brazo a un Tomás con expresión de profundo dolor.
—Vicente, entra rápido —dijo Gabriela—, la abuela los ha estado esperando...
Vicente asintió.
Al entrar, vio a la anciana Velasco en la cama, con una mascarilla de oxígeno.
Sus miradas se cruzaron y los ojos de Vicente brillaron intensamente en la penumbra.
La mirada cansada de la abuela se posó en las manos entrelazadas de Vicente y Clara.
Realizar un gesto tan simple como sonreír le costaba un esfuerzo inmenso, pero la anciana lo logró.
—Mis buenos niños... son muy buenos niños...

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