—¡Abuela, vas a estar bien!
Aferrándose a la mano de la anciana, Vicente, quien siempre solía ser frío y reservado, dejó escapar una lágrima cristalina.
—Si estás cansada, duerme un rato. Me quedaré aquí contigo, ¿sí?
—Vicente, mi niño bueno. —La anciana Velasco intentó levantar la mano para acariciarle el cabello, pero no tuvo fuerzas, así que solo le dio unas suaves palmaditas en el dorso de la mano—. Haber vivido hasta hoy ya es ganancia para mí. Tu abuelo me está esperando...
—¡¡Abuela!! —Las lágrimas amenazaron con desbordarse de los ojos de Vicente.
—Vicente, mi mayor deseo todos estos años ha sido verte a ti y a Wilfredo casados, con hijos y formando familias felices. —Tal vez por haber esperado hasta ver a su nieto favorito, la abuela parecía tener un poco más de energía—. Creo que de Wilfredo no puedo esperar mucho, pero al menos te tengo a ti...
—Abuela, mi hermano ya viene en camino. Descansa un poco, él me dijo que tiene muchísimas cosas que contarte. —Vicente acarició suavemente el cabello canoso de la mujer.
La anciana sonrió débilmente.
—No intentes cambiar de tema. Eres igual desde que eras un niño, ya eres padre y sigues haciendo lo mismo.
Entonces, la abuela giró la mirada hacia Clara.
—Clara, mi niña... debo pedirte perdón.
Clara se quedó atónita.
—A mis ojos, Vicente es el mejor hombre del mundo, y casarse con él era una bendición que cualquiera desearía. Como mi intención era agradecerle a tu familia, quise demostrar mi mayor sinceridad al proponer que nos uniéramos a los Soler.
Sin embargo, en los años siguientes, el matrimonio entre Vicente y Clara había sido un desastre lleno de conflictos.
Ni siquiera la llegada de sus dos hijos había mejorado las cosas.
La abuela se había arrepentido más de una vez de lo que consideraba un grave error.
La expresión de la anciana se llenó de dolor, como si deseara poder retroceder cinco años y no haber forzado ese matrimonio. Clara se acercó con dulzura y la abrazó con cuidado.
—Abuela, casarme con Vicente realmente fue una gran bendición en mi vida. ¡No te equivocaste!
La abuela la miró, sorprendida. Clara decidió llevar su acto de consuelo hasta el final.



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