—¡No, no!...
—¡Ñam!
Una corría escondiéndose y la otra hacía como que se la comía.
—¡Papá!
Silvia corrió y se lanzó a los brazos de Vicente.
Clara se enderezó, notando apenas en ese momento que él estaba allí. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba observándolas.
Un poco incómoda, pero intentando mantener la compostura, Clara empezó a limpiar el baño.
—No dejes que corra, va a esparcir pelitos por todas partes. Voy a tirar esto y vuelvo para bañarla.
Pasando por su lado, Clara salió del baño.
Vicente cargó a su hija, la sentó en el sofá y le dio un toque juguetón en la nariz.
—¿Qué te dijo mamá?
Apoyándose en el hombro de su padre, la niña parpadeó y respondió:
—Mamá dijo... que le diera una última oportunidad.
—Mi amor, mamá sabe que cometió un error terrible, ¿me das otra oportunidad? Solo una más, la última, ¿sí? Si mamá vuelve a perderte, entonces que me convierta en un perrito callejero, feo y sin dueño, que tenga que comer basura en la calle, ¿te parece?
—...
Silvia había descubierto que su mamá también sabía sonreírle, darle besos en las mejillas y acariciarle las manos.
Se dio cuenta de que, cuando su mamá no gritaba ni estaba de mal humor, en realidad era muy bonita.
—Papá... —Silvia le tocó la mejilla a Vicente—. Me gusta esta mamá.
Esta mamá.
¿Acaso tenía otra?
Vicente no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—Y dime, ¿vas a darle esa oportunidad?
—Yo...
Antes de que la niña pudiera terminar, una sombra apareció en la puerta.
Clara estaba de vuelta.
Llevaba una tina de baño rosada y un montón de cosas más que metió directo al baño.
Con el sonido del agua cayendo, la voz de Clara resonó:
—¡Pequeña calvita, ven a bañarte!...
—¡No soy una calvita!...
La niña arrugó la nariz, saltó de los brazos de su papá y corrió al baño.
¡Pum! La puerta se cerró.
En cuestión de segundos, las risas alegres llenaron el lugar.
Vicente miró hacia la ventana, sintiendo genuinamente que el sol había salido por el oeste.
Su teléfono sonó. Era el chofer.
Vicente contestó.
Del otro lado de la línea, una voz infantil y sumamente seria habló:
¡Pero nadie le creía!
—¡Aaaah!
Antes de llegar a la 919, se escuchó un grito de Silvia.
Andrés se soltó de la mano de Vicente y salió corriendo.
—¡Silvia! ¡Silvia!
La habitación estaba vacía.
Los gritos venían del baño.
Andrés corrió y golpeó la puerta con todas sus fuerzas.
—¡Suelta a mi hermana! ¡Eres una mala mujer!
¡Zas!
La puerta se abrió.
La «mala mujer» lo miró con los ojos entrecerrados y lo evaluó de arriba abajo.
—Estás muy flaco, no sirves ni para el aperitivo. ¡Vuelve cuando tengas más carnita!
¿Qué?
Andrés miró a Clara con furia.
Pero entonces, una cabecita se asomó por detrás de Clara.
—Andrés...
Con los ojos abiertos de par en par, Andrés se quedó paralizado.

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