Llevaba un hermoso vestido azul con tul blanco y zapatitos de princesa.
Una trenza rubia caía sobre su pecho, y llevaba una corona brillante en la cabeza.
Escondida tímidamente detrás de esa mala mujer, Silvia brillaba como si fuera la mismísima princesa Elsa salida de la pantalla.
La sonrisa en su rostro era tan deslumbrante que podía encandilar a cualquiera.
Andrés parpadeó, desconcertado.
Cuando su papá lo llamó para decirle que la habían encontrado, revisó la hora: las diez y media de la noche.
Silvia había estado desaparecida por más de seis horas.
Aunque el mayordomo le había dicho vagamente que «lo importante era que ya estaba a salvo», Andrés sabía que seguramente había pasado por cosas horribles y aterradoras.
De lo contrario, su papá no se habría quedado con ella en el hospital en lugar de llevarla a casa.
Toda la noche y toda la mañana había estado practicando en su cabeza cómo consolarla.
Pero resulta que Silvia no solo no estaba llorando, sino que parecía que no había sufrido en lo absoluto.
Aun así, Andrés notó algo raro de inmediato.
—Silvia, ¿dónde está tu cabello?
La peluca estaba tan bien ajustada que casi parecía real.
Pero no quedaba ni un rastro del largo y lacio cabello oscuro de Silvia.
Era como si... ya no tuviera cabello en lo absoluto.
Solo la peluca.
—Ya no está... —dijo la pequeña Elsa, encogiéndose de hombros—. Mamá dice que ahora soy una princesita calva.
¿Calva?
¿Rapada?
Andrés fulminó a Clara con la mirada.
—¿Qué le hiciste a su cabello?
Tsk, tsk.
Hace un minuto la llamaba «mala mujer».
¿Y ahora ni siquiera la llamaba de ninguna forma?
Clara se puso las manos en la cintura, se inclinó hacia adelante y le dio un toquecito en la nariz con el dedo índice.
—Escucha, mocoso. ¡Mejora esa actitud! No copies lo amargado que es tu padre, ¿entendido?
¿Y eso por qué?
¿Por qué Silvia era una princesa y él un mocoso?
Andrés estaba furioso, pero antes de que pudiera pensar en una respuesta ingeniosa, Clara ya había tomado a Silvia de la mano y salido del baño.
Clara miró a Vicente.
—¿Qué dijo el doctor Luna? ¿Ya nos podemos ir a casa?
Vicente asintió.
Los cuatro bajaron y se subieron al auto rumbo a casa.
Al salir del hospital, iban en dos autos.
Pero al llegar al estacionamiento de la Mansión de la Colina, solo llegó uno.
Corrió hacia el tocador, abrió los cajones y encontró una tarjeta negra con la elegante firma de Vicente. Clara no pudo evitar dejar escapar un largo y pesado suspiro.
O sea que, tras cinco años de casados y dos hijos...
Aparte de un clóset lleno de cosas de diseñador, ¿Clara no había logrado ahorrar ni un solo centavo a su nombre?
¡Qué genio!
Clara rio por no llorar.
Bueno, a mal tiempo, buena cara.
Al fin y al cabo, lo que era de Vicente también era suyo. Si se divorciaban y se quedaba con la mitad, ¡seguro habría mucha plata!
Por ahora, su prioridad número uno: ¡El divorcio!
Ya más tranquila, Clara puso el seguro en la puerta, buscó ropa cómoda y entró al baño.
Ufff...
Al sumergirse en la bañera, soltó un quejido de puro placer y casi se queda dormida.
En el piso de abajo, en la habitación de los niños, Andrés miraba a Silvia con los brazos cruzados.
—¡Traidora!
Silvia hizo un puchero.
—¡Es que mamá de verdad está diferente!
—El hecho es que, ¡te abandonó a propósito!
Solo hizo falta esa frase.
Los ojos de Silvia se llenaron de lágrimas, sus labios empezaron a temblar y estuvo a punto de soltarse a llorar.

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