Capítulo 100: Feliz y con otro.
Daisy deslizó la yema del dedo por el relieve metálico del logo en las llaves del auto. Sobre la colcha, los folletos de la universidad parecían promesas brillantes, pero pesadas. Escuchó un golpe seco en la puerta antes de que Sofía entrara usando la cadera para abrirse paso, con un café en cada mano.
Su amiga soltó un silbido largo al ver los folletos y las llaves. Dejó los vasos sobre la mesa de noche y se cruzó de brazos, clavando la vista en su amiga.
—Un auto nuevo y una matrícula pagada —soltó sin anestesia—. Cassian no está enviando flores, está asegurando tu futuro.
—Es lo que siempre quise, Sofi —murmuró Daisy, sin soltar las llaves.
Daisy apretó las llaves contra su palma hasta que el metal le lastimó la piel. Miró el logo de la universidad.
—Pero… él me usó y Alexander...
—Ah, Alexander —Sofía soltó un suspiro dramático—. El otro guapo millonario que también quiere decidir por ti. Dime, ¿estamos en una subasta y no me enteré?
—No te burles.
—No me burlo, corazón. Te quiero, te adoro, te amo. Por eso te voy a decir lo que ninguna novela romántica nos enseña: tienes que elegir. No puedes seguir con un pie en cada barca porque las dos están en ríos distintos y tú te vas a ahogar.
Daisy aprieta los labios.
—Yo no estoy...
—Sí, sí estás. Cassian te regala sueños, y tú sonríes cuando no te ve. Alexander te promete estabilidad, y tú aceptas sus invitaciones. Luego vienes a llorar a mi sofá. Pues yo te lo digo: lo que sientes es miedo. Miedo a decidir, miedo a equivocarte, miedo a quedarte sola. Pero adivina qué, Daisy: no decidir también es una decisión. Y esa es la peor.
Sofía se inclina hacia adelante, su voz se vuelve grave, sincera, sin rastro de humor.
—Si vas a perdonar a Cassian, perdónalo del todo. Acepta lo que hizo, acepta quién es, y quédate con él sabiendo que no será fácil. Pero si no puedes… entonces déjalo. Déjalo de verdad. Y eso… significa devolver esas llaves, renunciar a la empresa y desaparecer de su mapa. No puedes vivir en la casa que él construyó mientras intentas olvidarlo.
Daisy tragó saliva, sabiendo que Sofía tenía toda la razón.
—Al final… Esto no es justo para ninguno de los tres. Tú mereces a alguien a quien quieras de verdad, no a alguien que te salve porque sí. Ahora… —Sofía se levanta y le da una palmada en el hombro—. Piensa. Pero piensa de verdad. Porque yo te quiero, pero no voy a verte autodestruirte sin decirte las cosas claras.
Daisy respiró hondo, sintiendo un peso levantarse de sus hombros.
Había tomado una decisión, pero en ese momento, su teléfono vibró sobre la cama.
"Alexander: Paso por ti a las ocho. Hay una gala a la que quiero que me acompañes."

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO