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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 101

Capítulo 101: Semental.

Cassian apretó el tallo del vidrio hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color. Desde la penumbra de la barra, sus ojos grises, inyectados en una mezcla de dolor y rabia, no se apartaban de la entrada. El vestido se ceñía a sus curvas con una intención que incluso le pareció un insulto personal.

Alexander caminaba a su lado. Su mano, apoyada con una propiedad asquerosa en la pequeña espalda de Daisy y eso disparó una descarga de adrenalina por la columna de Cassian, quien vio cómo un segundo después Alexander se inclinaba para susurrarle algo al oído y cómo ella sonreía.

Una sonrisa tensa, quizá, pero para Cassian fue un clavo ardiendo en el pecho.

—Ella lo eligió —masculló para sí mismo—. Eligió la paz de un mentiroso.

Alexander lucía como el hombre que acababa de ganar la lotería y en su bolsillo derecho, la caja de terciopelo pesaba más que todo el oro del mundo. Tenía el guion escrito: la cena, el brindis, el anillo. Estaba convencido de que Daisy, después de lo que pasó en el sofá, después de ese beso que casi los consume, después de Leo y ahora delante de toda esta gente, no tenía más opción que aceptar su protección.

Entonces, la orquesta cambió el ritmo y una melodía lenta, densa, de esas que obligan a los cuerpos a buscar refugio en otros, llenó el salón. Alexander le tendió la mano con una reverencia suave y Daisy aceptó.

Ella todavía no lo había visto.

Por eso se dejó guiar a la pista, permitiendo que la mano de Alexander se cerrara sobre su cintura. Cuando la música subió de tono, rodeó el cuello de su acompañante con los brazos y giraron.

El rostro de ella quedó frente a la barra.

El tiempo se detuvo, su oxígeno se agotó de golpe.

Allí estaba él.

Cassian parecía una sombra tallada en granito, la mirada cargada de una oscuridad que ella nunca había visto.

—Cassian —el nombre se le escapó en un suspiro que Alexander no oyó, pero que él leyó perfectamente en sus labios.

Le sostuvo la mirada un segundo eterno. Fue un duelo silencioso entre la pista y la barra. Luego, con una lentitud calculada para herir, dejó la copa sobre una bandeja de plata y se giró mientras extendía la mano hacia una mujer de vestido rojo que esperaba sola junto a él.

—¿Quieres bailar? —La voz de Cassian no fue una invitación, fue una orden envuelta en seducción.

La mujer asintió, hipnotizada por la intensidad de aquel desconocido. Entonces Cassian la arrastró a la pista.

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