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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 85

Capítulo 85: Quiero ir a verte.

La puerta se cerró con un clic suave detrás de Cassian, y el silencio que siguió fue ensordecedor.

Daisy se quedó inmóvil frente a la entrada, con la mano todavía extendida en el aire, como si pudiera retroceder el tiempo y detener las palabras crueles que había lanzado.

Miró el bote de basura y los pétalos blancos asomaban entre los papeles, aplastados.

Las flores.

—¿Qué he hecho? —susurró, llevándose una mano temblorosa a los labios.

Se arrodilló junto al bote de basura, recogiendo con cuidado algunos pétalos.

La culpa se retorció en su pecho. Cassian solo había querido ser amable. Solo había querido... estar ahí. Y ella lo había rechazado de la manera más hiriente posible. Porque tenía miedo. Miedo de que si lo dejaba acercarse demasiado, descubriera la verdad. Miedo de que si bajaba la guardia, su corazón terminara tan destrozado como esas flores.

«Pero lo amas», susurró una voz traicionera en su mente. «Y eso es precisamente el problema.»

Cerró los ojos con fuerza, apretando los pétalos entre sus dedos.

Sí, lo amaba.

Lo amaba con una intensidad que la aterrorizaba, porque el amor significaba vulnerabilidad, y la vulnerabilidad significaba dolor.

Y ella ya había tenido suficiente dolor para toda una vida.

Se puso de pie bruscamente, dejando caer los pétalos. Tenía que mantener la distancia. Tenía que...

El zumbido agudo de su teléfono la sobresaltó.

Se acercó, limpiándose distraídamente las manos en el vestido, y miró la pantalla.

Su corazón se detuvo.

"Mamá ❤️"

Los ojos de Daisy se abrieron como platos, y por un momento, solo pudo quedarse mirando el nombre parpadeante.

Hablaban siempre que podían, por supuesto. Llamadas semanales, a veces más frecuentes cuando la salud de su madre lo permitía. Pero cada vez que veía ese nombre en la pantalla, Daisy sentía la misma mezcla de alegría y terror. Alegría de escuchar su voz. Terror de que esta fuera la llamada que le dijera que algo había salido mal.

El teléfono siguió vibrando, insistente.

«Contrólate», se ordenó. «No puedes contestar así. No puedes dejar que note que algo anda mal.»

Respiró profundamente, una vez, dos veces. Y obligó a sus labios a curvarse en una sonrisa, aunque nadie pudiera verla. Era un viejo truco que había aprendido: si sonreías mientras hablabas, tu voz sonaba más alegre. Y necesitaba sonar alegre. Necesitaba sonar como si su vida no fuera un castillo de naipes que se había derrumbado.

Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.

—¿Mamá? —su voz salió sorprendentemente estable—. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás?

—Daisy, mi amor. —La voz de su madre fluyó a través de la línea como miel tibia—. Perdona por llamar sin avisar. ¿Te agarré en mal momento?

—No, no, para nada. —Daisy se dejó caer en su silla, aferrando el teléfono como si fuera un salvavidas—. Siempre es un buen momento para hablar contigo. ¿Cómo te sientes?

—Bien, cariño, muy bien. —Pudo escuchar la sonrisa en la voz de su madre—. Los doctores están muy contentos con mi progreso. Hoy caminé casi veinte minutos sin cansarme. ¿Puedes creerlo?

—Eso es maravilloso, mamá. —La sonrisa de Daisy se volvió genuina por un momento—. Sabía que lo lograrías.

—Ay, mi niña, siempre tan dulce. —Su madre se rio suavemente—. Pero cuéntame de ti. ¿Cómo está el trabajo?

El trabajo.

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