Nelson no especificó si eran de hombre o de mujer, ni de qué tipo. Simplemente subió las escaleras.
La empleada, Leandra, se quedó parada, completamente confundida.
Arriba, Nelson abrió la puerta y observó a Ivana, que seguía profundamente dormida, con la cuerda aún atada a su tobillo.
No sabía en qué momento su relación se había vuelto así, como si el modo en que solían interactuar de repente hubiera dejado de funcionar.
Tras cerrar la puerta, se acercó a la ventana. Estuvo a punto de sacar un cigarro por costumbre, pero recordó que había dejado de fumar y en su lugar se metió un chicle en la boca.
De pronto, su celular vibró. Era Joel, su asistente en el hospital, para informarle que una emergencia estaba por llegar.
—Voy para allá —respondió Nelson sin dudarlo y colgó.
Volvió a abrir la puerta. Sentía que la cuerda no era suficiente. Entró en la habitación, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó un frasco de somníferos.
Ivana siempre había tenido problemas para dormir, así que solían tenerlos en casa.
Midió la cantidad, deshizo las pastillas y las mezcló en el caldo que a Ivana solían dejarle listo.
Antes de irse, le dio una última instrucción a la empleada:
—Vigila a la señora hoy. Que no salga hasta mañana.
***
El tiempo pasó rápido y llegó el día siguiente.
Ivana se despertó de un sobresalto, dándose cuenta de que todavía estaba en la villa. Instintivamente, miró a su lado.
Por suerte, la cama estaba vacía.
Antes, despertar y encontrar ese lado vacío siempre la llenaba de desilusión.
Ahora, en cambio, sintió un gran alivio.
Quiso tomar su celular para ver la hora, pero entonces recordó que lo había hecho pedazos.
—Leandra, ¿qué hora es?
Ivana se estiró, pero sintió un dolor agudo en todo el cuerpo. Al mismo tiempo, notó la cuerda en su tobillo y, furiosa, la arrojó lejos.
—¿Bueno?
Al otro lado de la línea, se escuchó la voz tierna de un niño:
—Hola, busco a mi papá. Ayer no vino a verme, ¿está en casa…?
Ivana se quedó paralizada. Sintió que comprendía algo terrible.
De inmediato, la voz de una joven interrumpió al niño, sonando claramente alterada.
—Jaime, no estés marcando a lo menso… Disculpe, el niño extraña a su papá. Me equivoqué de número.
¡Era la voz de Yadira!
Acto seguido, colgaron.
Ivana se quedó inmóvil, con un fuerte zumbido en los oídos, mientras las palabras que Nelson le había dicho el día anterior resonaban en su mente.
«…aunque quieran un nieto, ¡no serás tú quien lo tenga!»

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado