Cuando Nelson llegó a la estación de esquí, efectivamente, ya era tarde.
Todos se habían puesto ya su equipo de esquí. Además de Yadira, también estaban Federico, Adán y los demás.
—Se los dije. Si Yadira venía, Nelson tenía que venir a cuidarla. ¿Cómo creen que la iba a dejar sola?
El grupo estalló en burlas amistosas.
Yadira se apresuró a señalar una silla a su lado.
—Te guardé un lugar. Toma un poco de café caliente antes de ir a cambiarte.
No había ni rastro de resentimiento en ella por la tardanza de Nelson.
Alguien a su lado suspiró.
—¡Ay, Yadira! Nelson nos hizo esperar media hora y tú, tan considerada, ni te inmutas.
El rostro de Yadira se sonrojó y miró molesta a los que la rodeaban.
—¿Ya van a parar? Nelson vino solo para acompañarme y siempre está muy ocupado con su trabajo, ¡así que no se atrevan a castigarlo!
Sus palabras protectoras solo provocaron otra ola de abucheos y bromas.
Adán giró la cabeza, bajó la mirada y bebió un sorbo de café en silencio.
Desde que entró, Nelson se había sentado sin decir una palabra. Parecía que el tema de conversación no tenía nada que ver con él.
Incluso cuando todos lo miraban con sonrisas burlonas, él solo contemplaba su taza de café, ausente.
Fue Federico quien finalmente se acercó a él.
Con una amplia sonrisa, le dijo:
—Oye, escuché que te vas a divorciar. ¡Qué buena noticia! ¿Celebramos por adelantado? ¡Por fin vuelves a ser un hombre libre!
—Pronto.
Nelson respondió con indiferencia y apartó el brazo que su amigo había puesto sobre su hombro.
No le gustaba que lo tocaran, ni siquiera sus amigos más cercanos de la infancia.
Federico continuó:
—La verdad, lo tuyo con Yadira ya lleva muchos años. Tú fuiste el que le falló primero y por eso se fue del país. Ahora que por fin los dos están solteros de nuevo, ¡no pueden dejar pasar esta oportunidad!
Nelson apretó los labios.
En ese momento, Yadira también lo miró, notando que no se veía bien.
—¿Tienes sed?
Al acercarse, Ivana percibió la intensa fragancia de su perfume, bajo la cual se adivinaba un fuerte olor corporal. Era ese hedor a sudor, nauseabundo y característico de algunas personas, que le revolvió el estómago.
Por supuesto, se negó a abrir la boca para recibir la copa, ni aunque la mataran.
—¡Quién eres! ¡Suéltame!
No solo no tenía fuerzas, sino que además tenía las manos y los pies atados.
—Hermosa señorita, seamos amigos —dijo William, señalando el efectivo sobre la mesa. Para este tipo de asuntos, era obvio que no usaría transferencias bancarias y así evitar dejar rastro.
Como Ivana no aceptó la copa, William no insistió. Se puso de pie y comenzó a quitarse el saco, la camisa y el cinturón, dejando al descubierto su pecho musculoso.
Sus movimientos eran lentos y metódicos, pero su mirada ya no era amable; la observaba fijamente, como un lobo que ha acorralado a su presa.
—Conozco perfectamente tu situación. Si me haces feliz, no te faltará el dinero.
Venía de Zarven. Hijo de embajador, con la vida resuelta y la impunidad tatuada: donde aterrizaba, hacía lo que quería.
Gracias a su atractivo físico y a su familia influyente, en cada lugar que visitaba buscaba mujeres de diferentes nacionalidades para «probar algo nuevo».
La mayoría de las veces, las mujeres se negaban al principio, pero acababan cediendo.

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